Pinita Gurdián: Una mujer de ñeque

Si hubiera que buscar el ejemplo de una familia de aquellos tiempos, que a través de su entrega a la fe cristiana llegó al compromiso profundo de luchar por una Nicaragua distinta, era esta.

Pinita Gurdián
Pinita Gurdián | Cortesía

En el año de 1978, el Grupo de los Doce regresó a Nicaragua desafiando sus miembros el proceso por terrorismo y traición a la patria que la Fiscalía de la dictadura de Somoza nos había abierto ante un juez que también obedecía a Somoza. La dictadura no se atrevió a meternos presos, y recorrimos varias ciudades de Nicaragua, alentando la lucha. Cuando nos tocó León, fuimos acogidos en la casa de Miguel Ernesto Vigil y Pinita Gurdián, en su casa de amplios corredores de las afueras de la ciudad, a la que entonces se habían recién pasado.

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Si hubiera que buscar el ejemplo de una familia de aquellos tiempos, que a través de su entrega a la fe cristiana llegó al compromiso profundo de luchar por una Nicaragua distinta, era esta. El padre Fernando Cardenal, uno de los miembros del grupo, era muy cercano a ella, e igual fue mentor de muchas otras familias que dejaron de un lado la comodidad, y en no pocos casos la riqueza, para entregarse a la revolución que entonces estaba por llegar, con grandes expectativas y esperanzas.

Luego, tras el triunfo de la revolución, fuimos vecinos en el barrio de Los Robles, cuando Miguel Ernesto fue nombrado ministro de la Vivienda, y ellos se trasladaron a Managua.  Se vino entonces todo lo que estaba por venir, la Cruzada Nacional de Alfabetización, que dirigió el padre Fernando; la movilización de los jóvenes a los cortes de café y algodón; y después el Servicio Militar, y la guerra terrible que asoló a Nicaragua.

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A todos sus hijos, Josefina, Miguel, Virginia, Félix, Francisco, Ana Margarita, los vi crecer junto con mis propios hijos. Y los seis se comprometieron con entusiasmo, también desde su fe cristiana, y desde la solidaridad que esa fe despertaba en ellos. Félix resultó malamente herido en la cabeza en una acción de combate, y milagrosamente sobrevivió.

La revolución los empobreció, porque descuidaron sus bienes de fortuna, o dejaron de interesarles. Y cuando Miguel Ernesto murió, Pinita se puso al frente de la familia, con el apoyo de sus hijos, y todos salieron adelante mediante una pastelería que abrieron en la propia casa donde vivían, y mediante los programas de cocina que ella hacía en la televisión. En la cocina de esa casa estaba instalado el estudio donde grababa sus programas, con sus propias pailas y cacerolas, enseñando sus recetas.

Si alguien quiere conocer bien a esta familia ejemplar en todo sentido, debe leer el libro de memorias del padre Fernando Cardenal, Sacerdote en la revolución. Es una familia arquetípica de aquellos tiempos que hoy parecen tan lejanos, y, para muchos de las nuevas generaciones, tan incomprensibles.

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Hoy Pinita no está en las pantallas enseñando a cocinar, sino denunciando la prisión de la menor de sus hijas, Ana Margarita, secuestrada en el Chipote, y la prisión de su nieta, Tamara Dávila, también secuestrada en El Chipote, incomunicadas ambas, sin acceso a abogados, sin visitas familiares, sin que les permitan recibir alimentos, ni medicinas; igual que el resto de los secuestrados, cuyo número sigue creciendo cada día.

Están presas las dos por ser fieles al credo de Miguel Ernesto y de Pinita, a sus enseñanzas de dignidad, de patriotismo, y de lucha constante por la libertad y por la democracia. De rechazo a las dictaduras, de búsqueda constante de una vida mejor para todos.

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Impresiona la entereza de Pinita cuando habla, su valentía, la firmeza de sus convicciones. Ella, que abandono todo para entregarse a una causa en la que creyó sin vacilaciones, ahora ve cómo esa causa es falseada y manoseada. Ve cómo su hija y su nieta han venido a resultar las víctimas de aquellos que se cobijan en los harapos de una revolución por la que otro hijo suyo puso en juego su vida.

A esta mujer de ñeque, nadie podrá callarla.

Sergio Ramírez

Agosto 2021

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