Vida de gemelos: mi despedida de Emilio

El ocho de septiembre murió mi gemelo, quiero compartir nuestra historia para quien la crea de interés y para que su hijo sepa que fue un gran hombre

Gemelos Enríquez Cabistán
Los gemelos Francisco Emilio y Octavio Enríquez Cabistán, cuando nos vestíamos idénticos.

Nunca nos hicimos pasar el uno por el otro ni engañamos a nuestras novias, porque físicamente éramos distintos. Yo era un poco más alto que él y mi cabello era menos crespo.

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Sé por mi madre que fuimos un milagro inesperado el 21 de noviembre de 1980. Ella no sabía que éramos gemelos hasta cuando le hicieron la cesárea.

Fui el último que encontraron en su vientre cuando los médicos creían que el parto había terminado. Sospecharon que faltaba un niño al ver que el otro, mi hermano Emilio, era pequeño para la panza enorme de la mujer.

Las primeras lágrimas de ella fueron entonces de sorpresa cuando observó la vida de dos que apareció ante sus ojos, una que tuvo más similitudes que diferencias en el curso de su historia de 40 años juntos, a diferencia de los rasgos físicos. Fuimos amigos y rivales en el buen sentido de la palabra, lo que suele suceder entre hermanos.

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Nos gustaron las letras. Él leía a Neruda cuando estaba enamorado; yo a César Vallejo cuando me sentía triste, y yo le prestaba los versos del chileno cuando me tocaba enamorar y él sumergía la cabeza diciendo hay “golpes en la vida tan fuertes… ¡yo no sé!”, cuando su ánimo decaía.

La poesía fue siempre hermandad. Escribíamos versos cuando estábamos sobre el techo de nuestra casa en hojas amarillas hasta que yo interrumpí mi proceso, decidido a ser periodista y me pasé a la prosa, mientras él formaba ya su primer grupo literario “Los Hijos del Mombacho”, por el nombre del volcán que se puede ver desde Nandaime, la tierra natal de mi madre ubicada a 67 kilómetros de Managua.

Pasó una cosa curiosa con otro aspecto de nuestra vida. Después que nos vestían iguales cuando éramos niños, creció un deseo posteriormente de ser diferentes hasta que cada quien forjara su identidad.

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En primaria yo era el disciplinado, por ejemplo, y en secundaria continué siéndolo hasta convertirme en uno de los mejores estudiantes del Loyola, el colegio de los jesuitas. Me gustaba usar camisas largas y flojas, porque esa era mi manera de ser diferente, aunque el resto del mundo lo tenía organizado con fines académicos.

Aunque Emilio enfrentaba sus propios retos, siempre se vistió elegante al punto que cuando se hizo abogado a nadie le extrañó, y quienes lo queríamos ya le teníamos adelantado en el saludo un sonoro “doctor”.

Cuando entramos a la universidad, yo quise ser rebelde y él se convirtió con empeño en uno de los mejores juristas que he conocido. Con cariño y sorna, yo le llamaba “Luzón” Peña, porque era capaz de recitar el libro de ese autor de Derecho Penal y analizarlo con lucidez. Con ese mismo tesón se fue formando en Derecho Administrativo y Procesal Penal; se hizo docente y también fue de los mejores.

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