Obispo de Matagalpa invita a trabajar por un mejor país

Monseñor Rolando José Álvarez Lagos señaló que los nicaragüenses deben extirpar, “como si fuera un tumor maligno todo aquello que destruye el proyecto de ser un país y una sociedad mejor”

Obispo de Matagalpa
Monseñor Rolando José Álvarez Lagos, obispo de la Diócesis de Matagalpa y Administrador Apostólico de la Diócesis de Estelí. © Mosaico CSI | Gentileza de Diócesis Media

El obispo de la Diócesis de Matagalpa y Administrador Apostólico de la Diócesis de Estelí, monseñor Rolando José Álvarez Lagos, exhortó a los nicaragüenses a fortalecer la vida de oración y seguir trabajando por construir un país basado en verdad, justicia, paz y solidaridad, extirpando “como si fuera un tumor maligno”, acciones como “enjaular ideas” o falsas denuncias.

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La exhortación episcopal fue parte de la homilía en la misa que monseñor Álvarez presidió en la catedral San Pedro Apóstol de Matagalpa, este domingo 12 de diciembre, Tercer Domingo de Adviento, y solemnidad de la Emperatriz de América, Nuestra Señora de Guadalupe.

Retomando el Evangelio en el que la gente preguntaba a Juan El Bautista sobre qué debían hacer, monseñor Álvarez consideró que los nicaragüenses también “debemos preguntarnos qué país deberíamos construir y qué caminos debemos emprender para alcanzarlo”.

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“Si deseamos edificar una nación que se abra el desarrollo y crecimiento, debemos cumplir con nuestros deberes, según la responsabilidad de cada uno, y trabajar por ese país que anhelamos, por las instituciones, por la unión de las familias, por el servicio a nuestro prójimo, por la solidaridad hacia quienes nos rodean, por una convivencia y paz social, por el respeto a la dignidad de toda persona”, dijo el obispo de Matagalpa.

Citando a San Pablo VI, monseñor Álvarez preguntó que, “si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, quién no querrá trabajar con todas las fuerzas para lograrlo”.

“Esta aspiración hermanos, amadísimos, exige extirpar de nuestra mente y de nuestras acciones, como si fuera un tumor maligno, todo aquello que destruye el proyecto de ser un país y una sociedad mejor. No nos ayuda la deshonestidad, la mentira, la extorsión, la falsa denuncia, la injuria, la difamación, el enjaular las ideas”, dijo el obispo.

Agregó que “el octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo, prohíbe el falso testimonio y perjurio, una afirmación contraria a la verdad, posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Cuando es pronunciada bajo juramento, se trata de perjurio y compromete gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces”.

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“El respeto de la reputación de las personas prohíbe el juicio temerario, que admite como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo; la maledicencia que, sin razón objetivamente válida manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran. La calumnia que, con palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos”, continuó el jerarca católico.

Prosiguió indicando que “todo esto anula el proyecto común de ser una sociedad respetuosa de la persona y sus derechos. Por el contrario, es fundamental que, en todas las relaciones humanas, según la doctrina social de la iglesia, la solidaridad se presente bajo las siguientes premisas: como principio social y como virtud moral. La práctica de la solidaridad en una sociedad es válida solo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas, no como un instrumento cualquiera, para explotar su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolos cuando ya no sirven, sino, antes bien, se debe tratar al otro como un semejante nuestro”.

“La solidaridad es también una virtud moral, no sentimiento superficial por los males de tantas personas cercanas o lejanas, es, al contrario, la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Jesús de Nazaret, solidario con la humanidad hasta la muerte de cruz, en Él es posible reconocer el signo viviente del amor inconmensurable y trascendente del Dios con nosotros, que se hace cargo de las enfermedades de su pueblo, camina con él lo salva y constituye en la unidad. Fortalezcamos nuestra vida de oración y caminemos con fe esperanza puestas en Dios y trabajemos incansablemente por alcanzar un país en el que las relaciones entre sus ciudadanos estén basadas en la verdad, la Justicia, La Paz y la solidaridad”, finalizó.

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