Nicaragua es un obituario

Tantas muertes, por las razones que sean, son noticia. No es normal que en tiempos cuando no hay guerra, los hospitales recuerden aquellos fatídicos días de los años 80 del siglo XX, cuando las salas de los nosocomios se llenaban con las víctimas de la guerra civil.

Nicaragua es obituario
Foto gentileza de LA PRENSA

Seres humanos mueren todos los días en Nicaragua. La gran mayoría anónimamente, desde nuestra perspectiva. Solo sus deudos y sus amistades le prestarán importancia a la ausencia definitiva de la persona que ya no estará más entre ellas. El resto del mundo seguirá igual, como si nada hubiera pasado. Es lo peor de morir.

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Pero en estos días, la muerte en Nicaragua es diferente. Al menos es lo que siento yo.

Las redes sociales, las aplicaciones de mensajerías me traen noticias sobre el deceso de gente que conocí en el barrio, en la escuela, en la secundaria, en la universidad, en el trabajo, en el deporte, en esas redes humanas en las que uno se va involucrando o creando en la medida que vive y trabaja.

¿Por qué digo que es diferente? Porque, aunque todos sospechan qué mató a esas personas, casi nadie se atreve a decir la causa en voz alta. Jamás vi tanta autocensura en Nicaragua. En medio del hálito mortal que recorre el país, una guadaña le acompaña para sofocar cualquier voz.

Y no, tantas muertes no son sólo por la edad. En este montón de muertes hay gente de todas las edades, sexos, ocupaciones, condición social y política. La mayoría eran mujeres y hombres en edad productiva, gente que le aportaba diariamente a la economía del país y la de su familia. ¡Cuánto talento perdido! ¿Sabremos algún día el impacto en el PIB, en el Bono Demográfico, en la seguridad social que aún nos queda?

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Tantas muertes, por las razones que sean, son noticia. No es normal que en tiempos cuando no hay guerra, los hospitales recuerden aquellos fatídicos días de los años 80 del siglo XX, cuando las salas de los nosocomios se llenaban con las víctimas de la guerra civil. Pero las autoridades callan, aunque los medios de comunicación reportan cotidianamente esto que llaman “sobremortalidad”. ¿Por qué están muriendo diariamente muchas más personas que antes de 2020? ¿Por qué es que la población parece enfermarse mucho más, y más letalmente, que hace dos años?

¿Cuál es la respuesta verdadera a tantas muertes que nos estremecen cada día? ¿La población de Nicaragua no merece una explicación por tantas muertes? ¿No es de interés nacional saber qué hacen o piensan hacer las autoridades para aplastar esa gráfica mortal que, según datos oficiales del MINSA está creciendo sin parar desde enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto…?

Por lo pronto, en este gigantesco obituario en que se ha convertido Nicaragua, yo, vos, él, ella, nosotros, ustedes, todos vemos pasar los féretros hacia el cementerio. Uno a uno. De día y de noche. Lentamente, apresuradamente. Con y sin compañía (¡El horror de madre!).

Lo que me trae a la mente aquellos versos de César Vallejos. Es mi esperanza.

“Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…”

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