Amor de ciegos: la historia de una pareja en Matagalpa

Tienen una hija que les apoya y guía en su andar por diversos lugares vendiendo chocolates

Ciegos Matagalpa
La familia Sánchez Castro recorre diversos lugares de Matagalpa vendiendo chocolates. © MOSAICO CSI | C. Pineda

Caminando por diversas calles de Matagalpa van los Sánchez Castro, uno detrás de otro, tomándose de los hombros, como suele ser el juego infantil del “trencito”. Pero, la razón por la que esta familia de tres vaya así, es que la pareja, José Adán Sánchez Zelaya, de 79 años, y Dora María Castro Aráuz, de 32, son ciegos; y su hija de 12 años va al frente, guiándoles, mientras venden chocolates.

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Sánchez y Castro relatan que se conocieron en la Asociación de Ciegos de Matagalpa Luis Braille, mientras aprendían técnicas de autosuficiencia y autocuido. Ella nació ciega, consecuencia de la rubéola que sufrió su mamá durante el embarazo. Él, en cambio, quedó ciego tras un accidente de tránsito.

Aunque Dora y José Adán tienen diferencias de edades bien marcadas y hasta diferencias de religión, los lazos sentimentales entre ellos son bastante fuertes y, según ella, la comunicación ha sido vital en su matrimonio.

“Tenemos buena comunicación, siempre nos comunicamos todo, y cuando yo voy a salir a algún lugar, siempre hablamos, nos ponemos de acuerdo, él nunca se ha puesto negativo”, explica Dora.

De la amistad al amor

El amor de esta pareja nació con su amistad. José Adán cuenta que, cuando sentía que Dora estaba en un peligro, él le ayudaba. Así fueron desarrollando la confianza entre ambos, siempre con respeto, “sin tocamientos”, asegura.

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Sin embargo, a los encuentros en la Asociación de Ciegos, José Adán dice que Dora le llevaba regalos y “de lo que ella conseguía, ella me daba a mí, desde que venía de su casa, traía cargando elotes y yo comía elote”, señala sonriente.

En una plática casual y con el argumento de que varios ciegos que conocían se estaban casando, José Adán preguntó:

– ¿Y vos no te vas a casar?

– Hasta que me halle mi novio, que me guste, respondió ella.

– ¿Y cómo querés a ese novio?

– Como Dios me lo dé

– Pero, ¿ya te diste cuenta que te lo puede dar renco, ciego, inválido…?

– Así lo voy a querer

– Entonces, ¿te gustaría casarte conmigo?

– Es que sos vos al que ya tengo escogido

Del diálogo, a la acción. Aunque sus familiares inicialmente se oponían, se casaron civil y eclesiástico, incluso sin el permiso de los padres de ella.

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Tuvieron una niña que ahora tiene 12 años y acaba de terminar su educación primaria.

“Mi papá y mi mamá me dicen: ‘hacé tus tareas que es para el bien tuyo, vos vas a salir adelante con todo esto que hagás’ y siempre me ayudan”, relata la niña.

Sánchez y Castro se encargaron siempre de cuidarla por igual. Cualquiera de los dos la bañaba y uno de los mecanismos que usaron, cuando estaba más pequeña, fue ponerles sonajeros a los zapatos de la niña, para saber en qué parte de la casa estaba.

Aunque la hija se siente protegida por sus padres, considera que ella también los protege.

Los chocolates

José Adán es originario de la comunidad Aranjuez, al norte del municipio de Matagalpa. Trabajó como jardinero y después estuvo en servicios generales del hospital de Matagalpa. Enviudó, tuvo un accidente y quedó ciego. Estuvo viviendo con sus hijos, pero tiempo después conoció a Dora.

Ella, mientras tanto, residía en una comunidad al oeste del municipio y le gusta cantar. Sus padres se oponían a que se casara, pues querían protegerla de algún hombre que solo quisiera hacerle daño por su condición de ciega.

José Adán dice orgulloso que siempre “he sido un hombre luchador”, que nunca se da por vencido y cuando se casó con Dora le propuso poner un negocio.

– Hagamos una ventecita

– ¿Cómo, adónde?

– Nos vamos a vender a la calle

Así comenzó esta pareja de ciegos su venta ambulante de chocolates.

La familia Sánchez Castro ahora vive en un sector suburbano al suroeste de Matagalpa, en una casa de ladrillos y piso que han ido mejorando poco a poco, aprovechando una pensión que recibe José Adán.

 

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