“Ninguna noche en la vida es para siempre”

Mons. Silvio José Báez
Mons. Silvio José Báez
El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se...
8 Min Read

HOMILÍA DEL II DOMINGO DE CUARESMA

Miami, 1 de marzo de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma está lleno de sol y de luz (Mt 17,1-9). Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y subió con ellos a un monte alto. Allí se transfiguró delante de ellos: su rostro brilló como el sol y sus vestidos resplandecieron como la luz (Mt 17,1).

Esto ocurrió poco después de que Jesús les revelara que estaba dispuesto a ir a Jerusalén, donde las autoridades judías, después de hacerlo padecer mucho, lo matarían (cf. Mt 16,24.25). Los discípulos se habían desconcertado ante las palabras del Maestro y se habían llenado de temor ante el destino trágico que le esperaba. Todo se les había oscurecido: estaban confundidos, tenían miedo y comenzaban a desilusionarse.

En el monte, los tres discípulos contemplan por un momento, en la intimidad de la altura, la humilde gloria de Dios oculta en la humanidad de Jesús. Él quería que comprendieran el camino del amor que estaba dispuesto a recorrer, incluso hasta el sufrimiento y la muerte. Allí quiso mostrarles el secreto que se escondía en su humanidad: la gloria del amor que movía su corazón y lo llevaba a una entrega sin límites por la humanidad.

El rostro luminoso de Jesús es una imagen que hay que grabar en el corazón para el día más oscuro, cuando su rostro sea golpeado, ultrajado, humillado; cuando ya no aparezca transfigurado sino desfigurado. Es el gran desafío que Pedro, Santiago y Juan deben aceptar. Están llamados a descubrir el hilo misterioso que une el monte de la Transfiguración y el monte Calvario: la desconcertante relación entre la luz fulgurante y la oscuridad total, entre el rostro transfigurado de Jesús y el rostro desfigurado de un crucificado.

Para los tres discípulos era necesaria una experiencia que los fortaleciera, los iluminara y los hiciera sentirse envueltos en el amor que llenaba la vida de Jesús. Tenían que tomar distancia de la realidad cotidiana, de sus miedos y sombras, y abrir los ojos a algo nuevo y luminoso. Debían comprender que la última palabra en la historia no la tienen el dolor, la injusticia, el mal ni la muerte. Pronto vivirían la noche de la pasión y la muerte de Jesús; era importante que la vivieran con la conciencia de que su oscuridad no era para siempre. Ninguna noche en la vida es para siempre.

Jesús los condujo a la cima del monte no para alejarlos de la realidad, sino para que tomaran distancia y tuvieran una visión más amplia y profunda de la vida. Desde lo alto el panorama se ve mejor. No es sano vivir solo en la llanura de lo rutinario, condicionados por las urgencias de cada día y llenos de miedo por los retos que enfrentamos. Hace falta tomar distancia y elevarnos por encima de los pantanos del fracaso, la mediocridad y la desesperanza.

Suscríbase a nuestro Canal de YouTube

En el monte, Pedro, Santiago y Juan pudieron ver, más allá de la apariencia, una verdad más profunda: en la humilde humanidad de Jesús contemplaron la gloria luminosa de Dios. Hoy también se nos plantea este desafío: ver más allá de las apariencias con los ojos de la fe. El mundo nos enseña a juzgar por el éxito, la belleza externa, el poder visible; la fe nos invita a mirar con otros ojos. En una cruz, el mundo ve derrota; la fe ve el triunfo del amor. En nuestras crisis, el mundo ve fracaso; la fe descubre oportunidades de crecimiento. Cada dificultad encierra una semilla de gracia; cada lágrima puede convertirse en manantial de bendición.

La fe es como un par de lentes nuevos que nos permiten ver la realidad con claridad. Sin fe, miramos la vida con los ojos del miedo, de la desesperanza y el cálculo humano. Con la fe, vemos con los ojos del amor, la esperanza y la eternidad. La fe nos ayuda a reconocer que Dios nunca está ausente; siempre está tejiendo algo hermoso, incluso cuando no podemos verlo. La fe nos permite ver resurrección en medio de la muerte, luz en medio de la oscuridad, sentido en medio del caos. Con esa mirada podemos seguir adelante cuando todo parece perdido, porque sabemos que el final de la historia será plenitud de vida y de luz.

También en la vida social hay momentos de desconcierto. Nos sentimos dispersos, débiles y hasta fracasados por alcanzar los resultados esperados. La injusticia y la violencia parecen invencibles, no se ven caminos de solución. El cansancio, los intentos fallidos y las decepciones nos abruman. En esos momentos hay que subir al monte: tomar distancia, elevarse sobre la llanura de los intereses personales y abandonar los pantanos ideológicos que nos vuelven rígidos o pesimistas. La luz del Señor Resucitado –que vence el pecado y la muerte y ya está presente, anticipadamente en el monte–, nos hará ver la realidad con nuevos ojos y nos ampliará la mirada y el corazón.

La luz nueva que Cristo irradia nos transfigura, nos permite da una mirada renovada sobre la vida y la historia, nos da fuerzas para seguir luchando por un mundo nuevo y no deja que se marchite nuestra esperanza. Iluminados por Jesús no seremos sembradores de oscuridad ni profetas de mal agüero, sino humildes sembradores de destellos de luz donde parecen reinar las tinieblas.

Como Pedro, Santiago y Juan, necesitamos subir al monte una y otra vez y permitir que la luz del Señor Resucitado alumbre las tinieblas de nuestra existencia. Subimos al monte cuando oramos: En la oración, en el silencio para estar con el Señor, aunque sea por poco tiempo, su luz nos transfigura. Los momentos de oración no son inútiles, son necesarios. Necesitamos exponernos a esa luz amorosa dedicar tiempo para escuchar a Jesús, convertirnos y gozar de su presencia luminosa.

Cuando contemplamos la luz del Resucitado no quedamos cegados, ni olvidamos nuestros compromisos. Como los discípulos, debemos bajar siempre a la planicie de la cotidianidad: la vida diaria, la lucha y la fatiga de todos los días. En esta eucaristía estamos en el santo monte contemplando el rostro luminoso de Jesús y escuchando su voz. Al terminar la celebración, bajemos a la llanura de todos los días iluminados por él. Que la luz de Jesús nos haga fuertes y resplandecientes. Que nos ayude a descubrir la belleza de la vida, oculta como una gota de luz en el corazón viviente de todas las cosas.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

Compartir este artículo
El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.