HOMILÍA DEL VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Miami, 15 de febrero de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo, continuamos escuchando el “sermón de la montaña”, el corazón del mensaje de Jesús. Jesús se refiere hoy a la Ley de Moisés, que fue dada por el Señor a Israel y que constituía el centro de la religión judía (Mt 5,17-37). Jesús aclara que “no ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino darles plenitud (Mt 5,17). No vino a cambiar la Ley dada a Moisés, sino a interpretarla de manera plena y llena de autoridad.
Solo Jesús, el Hijo de Dios, podía ofrecernos una interpretación auténtica y definitiva de la antigua ley, para que pudiéramos obedecer la voluntad divina en plenitud. Jesús es el intérprete definitivo de la Ley de Moisés, el centro y culmen de toda la revelación. Él nos revela la voluntad originaria de Dios oculta en cada mandamiento.
Para Jesús, la plenitud de la ley de Dios se alcanza cuando no nos contentamos con la observancia exterior de los mandamientos, es decir, con “la justicia de los escribas y fariseos” (Mt 5,20). Los escribas, que eran los estudiosos de la Ley, y los fariseos, estrictos cumplidores de los mandamientos, quedaban satisfechos con obedecer la letra de la Ley. Jesús, en cambio, nos invita a superar esta concepción religiosa, invitándonos a buscar la adhesión interior y sincera a la voluntad de Dios.
Jesús desea que nosotros, sus discípulos, no nos conformemos con el mínimo que exige la Ley, sino que aspiremos al máximo al que nos conduce el amor. En cada precepto de la Ley hay una exigencia de amor. La verdadera justicia es el amor. Por eso, debemos prestar atención al corazón, vigilar nuestras intenciones y orientar nuestros pensamientos, de tal manera que busquemos en todo el amor a Dios y al prójimo.
Para ilustrar “la plenitud” de la ley, Jesús cita tres mandamientos de la Ley de Moisés y la tradición judía: no matar, no cometer adulterio y no jurar en falso. Desea mostrar la diferencia entre una justicia mínima, basada en el cumplimiento del precepto, y la justicia del Reino, que conduce al máximo que exige el amor. Jesús utiliza la expresión: “Han oído que se dijo…, pero yo les digo”. La Ley es importante para Jesús, pero ya no es central. Con la llegada del Reino de los Cielos, el amor del Padre se abre camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. Debemos acoger el amor infinito y gratuito del Padre, corresponderle con un amor semejante y colaborar con Él para hacer posible una vida más justa y fraterna.
Frente al precepto de la Ley: “no matarás” (Mt 5,21), Jesús nos exige superar también la violencia interna, el odio y el rechazo al prójimo. Frente al precepto: “No cometerás adulterio” (Mt 5,27), nos invita a ir más allá de la prohibición, más allá del adulterio consumado, prestando atención los deseos malsanos del corazón. En la relación entre los esposos, no basta la fidelidad exterior; se requiere amor, ternura, trasparencia y cuidado recíproco. Respecto al mandamiento: “No jurarás en falso (Mt 5,33), Jesús enseña que nuestra palabra debe valer por su veracidad, sin apelar a juramentos y usar a Dios como testigo. Nuestro modo de hablar debe ser inspirado por el amor y el respeto a los demás.
Detengámonos en el primer ejemplo: “Han oído que se dijo a los antepasados: no matarás, pues el que mate será llevado a juicio; pero yo les digo que todo el que se enfurezca contra su hermano será llevado a juicio” (Mt 5,21-22). Según Jesús, este mandamiento no prohíbe solo el hecho de quitarle la vida a una persona. Podemos matar de muchas otras maneras.
No es necesario matar para quitar la vida; basta con no amar. No amar es negar la vida. “Quien no ama a su hermano es un homicida” (1 Jn 1,5). No amar es el germen del homicidio. Aunque no empuñemos un arma, quitamos la vida si con las palabras despreciamos, calumniamos y no respetamos la dignidad de los demás. También matamos cuando hablamos llenos de ira, con palabras ofensivas que hieren y envenenan la convivencia. Hace unos años dijo el Papa Francisco: “Cuando se dice de una persona que tiene la lengua de serpiente, ¿qué se quiere decir? Que sus palabras matan” (Francisco, Angelus 16/02/2014). Quienes tienen lengua de serpiente, son asesinos.
También podemos matar con el silencio. Al dejar de hablar a alguien por resentimiento, le estamos diciendo que no existe, que es como si hubiera muerto para nosotros. Cuántos dramas familiares y entre amigos surgen por no superar antiguas rencillas con el diálogo y el perdón. El silencio cómplice también mata. En la vida social, no denunciar la injusticia es matar la dignidad de las víctimas y la esperanza de los pueblos.
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En los regímenes totalitarios privar de libertad, denigrar con falsedades o tratar con crueldad son también acciones homicidas. Son criminales quienes encarcelan a personas inocentes solo por pensar diferente. También lo son quienes obligan al destierro o privan de la nacionalidad provocando la muerte civil. Estos actos abominables no son solo caprichos de gente desquiciada y malvada, irregularidades jurídicas o incumplimiento de normas internacionales. Son auténticos crímenes y quienes los han cometido deberán comparecer ante la justicia tarde o temprano.
Jesús nos pide “no matar”, de ninguna manera, para no caer en la espiral de la violencia. Es necesario eliminar de nuestra vida la agresividad, el desprecio hacia los demás, los insultos y el deseo de venganza. Aunque alguien no mate y cumpla la ley, si no se libra de la violencia interna, aún no deja que el Padre del Cielo, quien desea una existencia más humana para todos, reine en su corazón. Debemos aprender a amar como Él nos ama: infinitamente, gratuitamente, sin cálculos. Solo así correspondemos su amor y hacemos su voluntad.
Tomemos en serio las palabras de Jesús. No podemos contentarnos con el mínimo indispensable de los mandamientos, debemos aspirar siempre al máximo posible al que nos conduce el amor (cf. Francisco, Angelus 12/2/2023). No hay que conformarse con no hacer el mal, sino comprometerse en hacer todo el bien posible: amar con todas nuestras fuerzas, sin cálculos, con misericordia. Como dijo hoy el Papa en el Angelus: “No sirve una justicia mínima, sino un amor grande” (León XIV, Angelus, 15/2/2026).
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

