HOMILÍA DEL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
25 de enero de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo nos narra el comienzo del ministerio de Jesús, indicándonos cuándo inició su predicación y cuál fue su mensaje inicial. “Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado se retiró a Galilea (…), y desde entonces comenzó Jesús a predicar: conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 4,12.17).
Jesús había sido un entusiasta del movimiento del Bautista, probablemente su discípulo, e incluso fue bautizado por él. El arresto Juan debió impactar profundamente a Jesús. Sin embargo, en lugar de intimidarlo, ese acto de injusticia le hizo entender que la obra de Dios debía continuar.
Las personas pueden ser silenciadas, pero los grandes ideales permanecen. Apagaron la voz que clamaba en el desierto, pero surgió una voz más fuerte: la de Jesús. Aunque se silencie a un profeta, la voz de Dios siempre se escuchará, pues “la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9). Jesús sabía leer los signos de los tiempos. Tras el arresto de Juan, pudo haberse ocultado y llevar una vida ordinaria, pero eligió seguir predicando en nombre de Dios, alimentando la esperanza de su pueblo y proclamando con pasión el proyecto salvador de Dios.
Jesús nos enseña que cuando todo parece detenerse, es el momento perfecto para recalibrar nuestra brújula interior, ser dóciles a los caminos de Dios, mirar con esperanza el futuro y seguir adelante. Los problemas y obstáculos son oportunidades para descubrir nuevas fuerzas ocultas en nuestro interior. Asumir los desafíos sin desanimarnos ni quebrarnos nos fortalece y nos lleva a encontrar soluciones creativas. La fuerza y el amor del Señor están presentes en cada dificultad que enfrentamos. Aprendamos a ver la vida con los ojos de Jesús, que sabía descubrir nuevos caminos cuando todo parecía haber terminado.
Debemos vivir atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor. Vivimos un momento decisivo en el que parece que se reconfigura la geopolítica mundial a través del uso de la fuerza, la negación del derecho, y el desprecio y maltrato hacia los grupos humanos más vulnerables. Además, vemos cómo las relaciones económicas y la riqueza han sido elevados a un poder que dirige el mundo, olvidando el valor y la dignidad los pueblos y de las personas. Es hora de enrumbar la historia. Es hora de volver a creer en la razón, el entendimiento pacífico, la dignidad humana y en la búsqueda urgente de la paz y la fraternidad. Como ha dicho el Papa León, en su misa de inicio de pontificado el 18 de mayo de 2025: “¡Es la hora del amor!”. Es la hora de creer en la fuerza transformadora de Dios y la posibilidad humana de construir un mundo mejor.
En muchos de nuestros países, vivimos momentos de incertidumbre y experiencias dolorosas de poderes arbitrarios que amenazan, reprimen y encarcelan. No es la hora de callar o desanimarnos. Como Jesús, que ante el arresto de Juan siguió adelante, también nosotros debemos mantenernos firmes y seguir soñando y luchando. La liberación y la democratización de nuestros pueblos están cada vez más cerca. Para la Iglesia, no es el momento del silencio. Es el tiempo de hablar para iluminar la oscuridad del momento, alimentar la esperanza del pueblo y denunciar las estructuras opresivas que han prevalecido, pero que están a punto de desaparecer.
Es el momento en que los líderes políticos no solo se dirijan a los organismos internacionales o a los medios de comunicación, sino que hablen directamente a la gente, al pueblo, con sabiduría y solidaridad. Ha llegado la hora de darle protagonismo al pueblo que está dentro del país, escuchando sus necesidades y preocupaciones, acompañando su organización y animando su esperanza. Parafraseando lo que dijo el Papa Francisco en Bolivia en 2015, seamos conscientes de que el futuro de nuestros pueblos no está únicamente en manos de las grandes potencias o de los líderes políticos, sino que está fundamentalmente en manos del mismo pueblo y en su capacidad de organizarse (Francisco, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 9/7/2015).
El evangelio de hoy también nos indica también cuál fue la predicación fundamental de Jesús. Dejó el desierto y fue a Galilea, una región llena de aldeas y ciudades. Y allí, en medio de la gente, comenzó a proclamar: “Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 4,17). En estas breves palabras se resume lo que fue continuamente la predicación de Jesús. El tiempo de la lejanía de Dios se terminó. El reino de los cielos está cerca. Dios se ha hecho cercano con toda su fuerza salvadora. No estamos solos, enredados y abatidos por nuestros problemas, debilidades y sufrimientos.
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Al anunciar la cercanía del Reino de los cielos, Jesús añade: “Conviértanse” (Mt 4,17). Nos invita a examinar nuestra forma de pensar y de actuar, a despojarnos de todo lo que nos está impidiendo vivir en plenitud. Convertirnos es quitar los obstáculos a la cercanía de Dios. Convertirnos es dejarnos transformar por la fuerza renovadora del amor de Dios. Convertirnos significa abandonar la lógica del egoísmo y adoptar la lógica del amor y el respeto hacia los demás, que es la esencia de Dios. Es un llamado a ir más allá de los intereses personales y la propia satisfacción para construir relaciones basadas en la compasión y la solidaridad, pilares fundamentales para construir una nueva humanidad.
Con Jesús el Reino de los Cielos se ha hecho cercano. Dios está entre nosotros. No estamos destinados a vivir esclavizados por nuestros pecados, ni atrapados en una vida oscura y sin sentido. Tenemos la posibilidad de liberarnos del mal que nos domina y experimentar el gozo del perdón de Dios. Podemos vivir como hijos amados de Dios, acogiendo su voluntad y abandonándonos confiadamente en sus manos. Además, podemos ser verdaderos hermanos, renunciando a ver la vida como una competencia y construyendo juntos sociedades justas y pacíficas.
El mundo nuevo que a la cercanía de Dios genera puede parecer un sueño, pero Él lo está haciendo realidad. Solo espera que acojamos su amor, confiemos en él y removamos los obstáculos que impiden su cercanía. Acojamos con renovada alegría el gran anuncio de Jesús hoy: “Conviértanse, el Reino de los Cielos ha llegado”.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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