HOMILÍA DE LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
Miami, 11 de enero de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús, que llega desde Nazaret hasta el río Jordán para ser bautizado por Juan (cf. Mc 1,9). El relato nos describe tanto el rito externo del bautismo como la experiencia interior que vivió y que fue determinante para su futuro ministerio mesiánico.
Siendo el Mesías, podríamos esperar una aparición gloriosa y una manifestación de poder. En cambio, Jesús llega como uno más, sin signos de superioridad. Se mezcla con la muchedumbre en torno a Juan y se pone en fila en medio la gente que confesaba sus pecados. Comienza su vida pública no con una predicación solemne ni con un milagro sorprendente, sino acercándose a los pecadores y poniéndose en medio de ellos sin alardes de santidad. Antes de ser sumergido en las aguas el Jordán, Jesús se sumerge en el río de la humanidad pecadora.
El Mesías es el líder por excelencia, el líder de Dios que conduce a la salvación. Jesús Mesías muestra que el auténtico liderazgo se caracteriza por la humildad y la cercanía a la gente. El líder verdadero no busca protagonismo, ni beneficios personales; pone el bien de los demás en primer lugar, comparte la carga de la gente, escucha, acompaña y devuelve protagonismo especialmente a los más pobres y sufridos.
El bautismo era un rito de purificación y conversión muy común en la época: quien se sumergía en el agua, expresaba su decisión de abandonar el pecado y empezar una vida nueva. Jesús, “El Santo de Dios” (Mc 1,24), quien “no conoció pecado” (cf. 2 Cor 5,21), acepta ser bautizado en medio del pueblo porque “Dios no mira el mundo de lejos” (León XIV, Angelus 11-1-2026). El Hijo de Dios no viene desde fuera para purificar o castigar a distancia; se identifica con la condición humana y se sumerge en ella.
Juan Bautista se resiste a bautizarlo, afirmando que él más bien necesitaría ser bautizado por Jesús (cf. Mt 3,14). Jesús le respondió: “Haz lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos toda justicia” (Mt 3,15). Debe cumplirse el designio de Dios: su proyecto de amor por la humanidad no es condenar a los pecadores, sino hacerse presente en la debilidad humana y rescatar a los hombres desde dentro. En Jesús, Dios se abaja hasta la humanidad herida para salvarnos.
Para Jesús, el bautismo en el Jordán no fue una purificación de sus faltas, sino el inicio de su misión mesiánica en favor de la humanidad necesitada de salvación. Por eso, al salir del agua “vio que los cielos se rasgaban” (Mt 3,16). Ya no hay distancias entre Dios y la humanidad. Jesús hizo presente el cielo en la tierra, su gozo fue contagiar la cercanía y la compasión de Dios. Por oscuros que sean los días, el cielo estará siempre abierto para nosotros y la mirada providente del Padre no se retirará jamás. Nada nos podrá separar del amor de Dios (cf. Rom 8,39).
A continuación Jesús vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él (Mt 3,16). El Espíritu es el aliento de Dios que sostiene nuestra vida frágil, su fuerza que nos renueva y transforma; su energía amorosa que nos sana y nos colma de bienes. De ahora en adelante, será el Espíritu de Dios quien conducirá a Jesús por los caminos y aldeas de Galilea. Jesús no improvisará, no se dejará condicionar, no se moverá por cualquier interés. Jesús actuará siempre movido por el Espíritu. Él es el “Hijo amado” de Dios, en quien reside como en un templo el Espíritu.
Ungido por el poder del Espíritu Santo, hemos escuchado hoy en la segunda lectura que Jesús “pasó haciendo el bien, curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38). Este mismo Espíritu, lo hemos recibido en nuestro bautismo: nos ha liberado del pecado, nos ha convertido en hijos de Dios y guía nuestras vidas a imitación de Jesús.
En un mundo polarizado y cegado por ideologías, hoy más que nunca necesitamos ser guiados por el Espíritu. Las ideologías ofrecen respuestas absolutas que estrechan la mirada: simplifican y etiquetan a las personas, confirman prejuicios, alimentan fanatismos y muchas veces protegen intereses de poder disfrazados de bien común. Cegados por ellas, corremos el riesgo de ofrecer remedios fáciles a problemas complejos, olvidar la misericordia e ignorar o despreciar al distinto, al más débil, al emigrante, al pobre.
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A diferencia de las ideologías, el Espíritu nos dispone a buscar la verdad con humildad, nos abre los ojos para ver la dignidad de las personas, permite el discernimiento del bien común y da valentía para denunciar las estructuras injustas que dividen al mundo y oprimen a los pueblos. Guiados por el Espíritu sabremos escuchar, tendremos ojos compasivos, corazón para acompañar y palabra para consolar y denunciar, buscando siempre la justicia y la paz.
Al final, después de que el Espíritu descendió sobre Jesús, se oyó una voz que venía de los cielos: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). De cada uno de nosotros Dios dice lo mismo: “Este es mi hijo amado, mi hija amada, en quien me complazco” (Mt 3,17). Vivamos con la conciencia de que el cielo está abierto sobre cada uno como un abrazo y un soplo de vida. Escuchemos cada día la voz consoladora del Padre que nos susurra al corazón: hijo, hija, tú eres mi amor, mi gozo. Viviremos más serenos, con menos miedos, más humanos y alegres.
Gracias a Jesús, nosotros también somos hijos e hijas de Dios, preciosos ante sus ojos. Somos templo del Espíritu; dejemos que Él nos conduzca. El cielo está abierto y no se cerrará jamás. No apaguemos el gozo de vivir la misma vida de Dios y de llevar dentro de nosotros la fuerza y la luz de su infinito amor.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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