HOMILÍA DE LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA
Miami, 4 de enero de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy que Jesús es el Mesías y Salvador de toda la humanidad. Por eso, el evangelio de hoy nos presenta unos “magos” de “Oriente”, que eran hombres sabios que estudiaban los astros, buscando alguna luz para orientarse en la vida. Eran buscadores de Dios y son un modelo para quienes deseamos caminar hacia Dios. Un día, al ver una estrella intuyeron que algo nuevo había ocurrido; se dieron cuenta de que aquella estrella anunciaba “el nacimiento del rey de los judíos” (cf. Mt 2,2). Ante este signo no permanecieron inmóviles, sino que emprendieron un largo y arriesgado viaje.
Los magos nos enseñan que la vida es una búsqueda constante. Solo buscando hallamos sentido a la existencia y seremos capaces de cambiar el rumbo de la historia. La vida no es un inmenso museo para ser observado, ni la historia un libro viejo que solo hay que reeditar una y otra vez. La vida es una constante peregrinación interior, que exige creatividad y esperanza. No podemos resignarnos a que a que todo siga como siempre.
Los magos comenzaron su travesía sin conocer anticipadamente el itinerario preciso. En la vida, la incertidumbre suele desalentar, pero no podemos esperar comprenderlo todo para avanzar. Cuando un ideal arde en el corazón no hacen falta todos los detalles. Bastan pequeñas señales para orientar el camino. Los magos caminaron en la noche guiados solo una tímida estrella: el cielo oscuro fue para ellos como un gran mapa que los orientaba. Así también Dios nos ilumina nuestras noches con su luz, a veces discreta, pero siempre confiable y consoladora. Con la luz de Dios no hay oscuridad que pueda desorientarnos o atemorizarnos.
El viaje de los magos estuvo lleno de errores: perdieron la estrella, llegaron a Jerusalén en vez de ir a Belén, preguntaron por el niño a un asesino de niños, buscaron en un palacio en lugar de dirigirse al pesebre. Aun así, a pesar de tantos errores, no se detuvieron, caminaron siempre. Las personas y las sociedades se equivocan. Equivocarse no es lo trágico; lo trágico es no reconocer el error y permanecer caídos. Las caídas enseñan, vivir es rectificar. Nuestra historia como pueblo ha conocido épocas oscuras y errores dolorosos, pero siempre es posible volver a comenzar. El Señor enciende siempre nuevas estrellas que nos invitan a seguir adelante. Levantemos el corazón hacia Dios con confianza y humildad.
Los magos viajaban en caravana. No intentaban ir a un paso más rápido de lo que les permiten sus fuerzas, no se detuvieron distraídos en cosas secundarias, ni se dejaron vencer por el cansancio. Como sociedad, aprendamos a caminar sin prisas obsesivas: los grandes cambios sociales son lentos y requieren paciencia histórica. No desesperemos ni bajemos la intensidad de la lucha. Vivamos desde ahora el ideal de sociedad que anhelamos: liberemos el corazón de ambiciones mezquinas, superemos la indiferencia, el arribismo, el culto mesiánico a los líderes y confiemos en Dios que nos guía y sostiene.
El viaje de los magos a Belén no fue un viaje individualista. La tradición habla de “tres” magos; el evangelio de “algunos”. Eran un pequeño grupo que caminaba unido. No iba cada uno por su cuenta. El camino humano se realiza junto a otros o nos desvía hacia el egoísmo, el desánimo o la desesperación. Los magos miraban la estrella y también a quienes iban a su lado: nos enseñan la importancia de la solidaridad, la necesidad de bajar el paso para no dejar a nadie rezagado y la nobleza de tender la mano a quien se le va haciendo más pesado el camino. Cuando caminamos juntos, Dios camina con nosotros. Caminemos como hermanos y hermanas evitando zancadillas, y rivalidades estériles. Las legítimas diferencias son algo distinto al canibalismo político. Caminemos viéndonos a la cara, dialogando, tendiéndonos la mano y dando lo mejor de nosotros.
Cuando los magos llegaron a Jerusalén y preguntaron por el rey de los judíos recién nacido “Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él” (cf. Mt 2,3). Los tiranos aparentan valentía y se presentan altaneros y agresivos, pero viven amenazados por el miedo y convierten a los demás, incluso a los de su propio círculo de confianza, en rivales o enemigos a eliminar. Herodes y su corte personifican el oscuro mundo del poder que todo lo justica y en donde todo se vale: cálculo, cinismo, mentira, crueldad y desprecio por la vida. Sin embargo, la historia antigua y reciente nos enseñan que todos los tiranos pasan y acaban condenados por Dios y por la historia.
Aunque Herodes intentó engañarlos, los magos, reorientados por la Escritura, vieron de nuevo la estrella y llegaron hasta el Niño en Belén: “Vieron al niño con María su madre y postrándose lo adoraron” (Mt 2,11). No encontraron un palacio, ni manifestaciones de lujo dignas del nacimiento de un príncipe, sino a un niño y a su madre. Hallaron al Dios verdadero en lo pequeño; reconocieron la verdadera realeza en la ausencia de poder y al Omnipotente en la fragilidad de un recién nacido. Dios se manifiesta en la humildad de su amor; nos pide acogerlo para ser transformados por Él, que es Amor. Encontrar a Dios en Belén nos recuerda también la dimensión misionera de la vida: iluminados por su amor estamos llamados a llevar la luz y el amor de Jesús a quienes viven en tinieblas y a encender la esperanza en quienes se sienten desilusionados o sin fuerzas.
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Al final, los magos se postran y adoran a Niño. Adorar es admirar su grandeza insondable de Dios y, al mismo tiempo, gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante él, pero infinitamente amadas por él. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez. Adorar nos dará fuerzas para no arrodillarnos ante ningún ídolo o poder de este mundo.
Avisados en sueño de no volver a Herodes, los magos “regresaron por otro camino” (Mt 2,12). Volvieron a la vida ordinaria transformados. Vuelven iluminados por la verdad y transformados por el amor. De igual modo nosotros, cuando nos encontramos con Jesús también nosotros comenzamos a transitar “por otro camino”: buscamos incansablemente al Señor en la sencillez y la ternura, al lado de los pobres y las victimas, luchando por la libertad y la justicia, sin desesperar nunca ni resignarnos jamás (cf. Francisco, Homilía de Epifanía, 6.1.16).
Que el ejemplo de los magos nos impulse a buscar, perseverar, caminar solidariamente y adorar con humildad, confiando en que la luz de Dios siempre nos guía hacia la verdad y la plenitud de la vida.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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