María, Madre de Dios, rostro humano de la ternura divina

Contemplar a María para acoger a Jesús, descubrir el rostro amoroso de Dios y aprender el camino de la paz que nace de la pequeñez y la misericordia

Mons. Silvio José Báez
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Imagen conceptual generada por Mosaico CSI con herramientas de IA.

Homilía de la solemnidad de Santa María Madre de Dios

Miami, 1 de enero de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

En este primer día del año hemos escuchado en la primera lectura la solemne bendición que pronunciaban los sacerdotes de Israel sobre el pueblo en las grandes fiestas religiosas: “Que el Señor te bendiga y te guarde, que ilumine el Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Num 6,23-26). Cada vez que el pueblo recibía la bendición volvía a nacer con la fuerza de Dios y emprendía el camino con renovada esperanza.

En el centro de la antigua bendición sacerdotal escuchamos estas palabras: “Que el Señor te muestre su rostro”. En la Biblia, mostrar el rostro es expresión de benevolencia, de atención amorosa, mientras que ocultarlo indica ira e indignación. La antigua bendición sacerdotal, antiguamente dirigida a los israelitas, es invocada hoy sobre nosotros, Al iniciar este nuevo año podremos vivirlo como una nueva etapa de posibilidades y afrontar con serenidad los retos que se nos presenten.

Podemos confiar que en este año caminaremos mirados bondadosamente por Dios, que nunca apartará su rostro de nosotros porque es fiel y nos ama entrañablemente. No sabemos lo que ocurrirá en este nuevo año, pero nos basta saber que el Señor nos mostrará continuamente su rostro amoroso, asegurándonos que él estará con nosotros todos los días. Su rostro sobre nosotros nos ayudará a vencer la soledad, afrontar las dificultades y vencer los miedos que se presenten. Seremos capaces también de reflejar su bondad a través del servicio y del perdón ofrecido a nuestros hermanos, de nuestras manos disponibles a levantar a quien está caído y de nuestra presencia sencilla y luminosa que contagie alegría y esperanza.

Iniciamos este nuevo año también volviendo la mirada a María, la Santísima Madre de Dios. Toda vida inicia de una madre y nosotros queremos iniciar este nuevo año contemplando y acogiendo a la Madre del Señor. A través de ella el Dios de la antigua bendición sacerdotal nos ha mostrado su rostro bondadoso en el fruto bendito de su vientre que abrazó nuestra condición humana para siempre. Sin María Dios no hubiera podido mostrarnos su sonrisa, acariciarnos, sanar con sus manos nuestras heridas y hablarnos como hermano nuestro. Sin el calor maternal de María el evangelio sería frío, perdería corazón, se convertiría en una ideología o en una simple propuesta ética.

La Virgen María es el santuario que Dios eligió para venir a nosotros. Aceptando con libertad y amor el designio de Dios sobre ella, permitió que la ternura de Dios apareciera entre nosotros con rostro y corazón humanos. A lo largo de su vida consagró enteramente su existencia al Hijo que Dios había confiado a su cuidado maternal. Con infinita ternura lo acogió en sus entrañas, al nacer lo envolvió en pañales en el pesebre, lo buscó ansiosamente cuando se le extravió en el Templo, lo colmó de cariño y cuidó de él en Nazaret, le enseñó a rezar y a amar, lo siguió silenciosamente como discípula fiel en medio de la gente y estuvo a su lado en la cruz en el momento del dolor.

María fue la primera persona que contempló el rostro de Dios hecho hombre, sus ojos fueron los primeros que contemplaron a Dios en el rostro del tierno y frágil niño nacido en el pesebre. “Este es el rostro de Dios que María anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección” (León XIV, Homilía de la solemnidad de Santa María Madre de Dios, 2026).

A los ocho días del nacimiento de Jesús, el evangelio de hoy nos traslada de nuevo a Belén (Lc 2,15-21). Los pastores, que recibieron en la noche el anuncio del nacimiento del Mesías Salvador y Señor, fueron de prisa hasta el lugar de su nacimiento. Al llegar, “encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2,18-19). Van a ver al Salvador de la humanidad y encuentran a una pequeña creatura necesitada de cuidado, buscan al Mesías de Dios y lo que ven es a una joven pareja pobre con su niño acostado en un establo, desean contemplar al Señor y lo que hallan es a un pequeño indefenso, que ni siquiera puede hablar, pero sabe sonreír y tender sus manitas pidiendo cariño y cuidado.

En el pesebre de Belén Dios ha querido nacer frágil e indefenso, lleno de ternura y necesitado de amor para que comprendamos que el mundo solo puede cambiar si renunciamos a la prepotencia, a la imposición violenta, a las palabras y los gestos inhumanos. Como dice el Papa León, Dios nació “desarmado”, para enseñarnos el camino que puede transformar al mundo y conducir a la paz y a la fraternidad. Delante del pesebre aprendemos que solo la ternura y la pequeñez, el amor y la bondad, pueden hacer posible la paz, convertirnos en testigos del evangelio y artesanos de la paz en el mundo.

El evangelio de hoy termina diciendo que a los ocho días de nacido al Niño le fue puesto el nombre de “Jesús”, “el mismo que le dio el ángel antes de que fuera concebido” (Lc 2,21). El nombre dado al Niño tiene un profundo significado, quiere decir: “Dios salva”. Un nombre sencillo, Jesús, el nombre con que su Madre lo llamaba amorosamente cada día. Un nombre que es también una invitación a reconocer nuestra necesidad de salvación, a esperar de él la luz, la fuerza y la vida que no nos podemos dar por nosotros mismos. Jesús es cercanía de Dios, es el rostro humano de la ternura de Dios.

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Al inicio de este nuevo año, acostumbrémonos a pronunciar el nombre de Jesús en la oración con el amor, la confianza y familiaridad con que lo hacía su Madre. Todo cambia cuando invocamos el nombre de Jesús. Al invocarlo aprendemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En cada suspiro que brota de nuestro corazón, su nombre es el alba que disipa las sombras y enciende la esperanza en nuestro caminar.

Nadie pronunció el nombre de Jesús con tanto amor como su Santísima Madre. Que ella nos enseñe a dirigirnos a Jesús, invocando su nombre en la oración en medio el trajín de la vida. Que el Santo Nombre de Jesús sea fuente de fortaleza y de esperanza a lo largo de este nuevo año y que la Santísima Madre de Dios interceda por nosotros y nos cuide con su amor maternal para saber acoger a Jesús cada día, ser constructores de paz y testigos de la presencia de Dios en nuestra vida.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.