La Sagrada Familia, modelo de fe en el exilio

Una reflexión pastoral sobre el desarraigo, la persecución y la esperanza cristiana a la luz del Evangelio

Mons. Silvio José Báez
9 Min Read

HOMILÍA DE LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Miami, 28 de diciembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

El texto del Evangelio de este domingo nos recuerda que la Sagrada Familia de Jesús, María y José fue como muchas de nuestras familias, una familia que se vio obligada a abandonar su patria y desplazarse a tierra extranjera para salvar su vida. La familia de Jesús fue una familia de refugiados y Jesús mismo fue un hijo de emigrantes.

Cuando nació Jesús reinaba en Judea, el cruel y sanguinario Herodes. Como todos los tiranos vivía obsesionado por el miedo de perder el poder. Informado por los magos que llegaron de oriente del nacimiento del “rey de los judíos” en Belén (cf. Mt 2,2), decidió eliminarlo y mandó a asesinar a todos los niños menores de dos años en Belén (cf. Mt 2,16). Como el antiguo Faraón de Egipto y como los tiranos de hoy, que se imponen reprimiendo y derramando sangre inocente, Herodes eligió matar antes que perder su poder y sus privilegios. La historia siempre se repite.

Siendo un pequeño niño, Jesús no es capaz de pensar en sí mismo y protegerse del peligro, y es solo gracias a los cuidados de José y María que logra salvar su vida. A través de la Sagrada Familia el amor redentor de Dios se revela gratuitamente como protección y cuidado. En efecto, un ángel, un mensajero del Señor, se apareció en sueños a José y le dijo: “Prepárate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; y quédate allí hasta que te diga, porque Herodes está buscando al niño para matarlo” (Mt 1,13).

José obedece con prontitud, prepara el viaje en medio de la noche, y con una gran confianza en Dios lleva consigo al recién nacido y a María y se dirige a Egipto. En este desplazamiento forzado habrán experimentado, como todos los refugiados de la historia, miedo, incomodidades, pobreza e incertidumbre, (cf. Mt 2,13-15.19-23). Nunca es fácil dejar la propia tierra y comenzar de nuevo en una tierra extraña.

Mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia en el momento en que se ve obligada a huir e ir al exilio, no podemos dejar de pensar en el drama de miles de familias de nuestros países latinoamericanos que han vivido y viven una experiencia similar. Pienso especialmente en Cuba, Venezuela y Nicaragua. ¡Cuántas familias se han visto forzadas al exilio a causa de la persecución y la represión de las fuerzas tenebrosas de dictaduras criminales para salvar sus vidas! Los Herodes de hoy, llenos de soberbia, intolerantes y sanguinarios, se sienten dueños de nuestros países y obligan al exilio miles de personas exponiéndolos a toda clase de riesgos, humillaciones y peligros en tierras extranjeras.

Pienso en mi país, Nicaragua, en donde la dictadura ha afinado diabólicamente el antiguo método de Herodes. No se limitan a forzar al exilio a ciudadanos honestos e inocentes, sino que también les prohíben el ingreso a su propio país, les confiscan sus bienes y amenazan y hostigan a sus familiares. No solo exilian sino que continúan persiguiendo y reprimiendo a quienes ya están fuera del país. Espían a los exiliados, les niegan los servicios consulares o dejan a miles de personas en la grave condición de apátridas de hecho al no renovarles el pasaporte. Incluso a muchos nos han privado intencional y arbitrariamente de nuestra nacionalidad, como parte de un plan sistemático de represión institucionalizada. También la Sagrada Familia vivió este terrible drama del desarraigo de su tierra y la incertidumbre del exilio, que no terminó con la huida a Egipto.

Al morir Herodes, en un sueño Dios le revela a José que puede regresar a Israel, pero en aquel momento, Arquelao, hijo de Herodes, reinaba en Judea y San José tiene miedo. Entonces, de nuevo en sueños Dios le avisa que se vaya a la región de Galilea.  San José, el gran soñador de los sueños de Dios, que fue a Egipto soñando, sueña en el exilio de Egipto y sueña al volver a Israel y con él sueñan María y Jesús. José nos enseña que el exilio, aunque lo parezca, no es necesariamente el final. El exilio debe ser un tiempo para acoger los sueños que nacen de la confianza en Dios.

Dios está allí donde el hombre sueña, vive y lucha en favor de la vida y la dignidad suya y de sus familiares, donde sueña esperando volver a su patria en libertad, donde no deja de soñar siempre movido por su fe y sostenido por el amor de Dios. El exilio puede convertirse en un tiempo de salvación, en una auténtica experiencia de Dios. Jesús quiso pertenecer a una familia que experimentó el exilio, para que ningún exiliado se sienta excluido de la cercanía y la protección amorosa de Dios.

Lamentablemente, muchos inmigrantes afrontan graves problemas en el país al que llegan. El Papa Francisco se refirió a este drama diciendo: “En tierras lejanas, incluso cuando encuentran trabajo, no siempre los refugiados y los inmigrantes encuentran auténtica acogida, respeto, aprecio por los valores que llevan consigo. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complejas y dificultades que a veces parecen insuperables” (Francisco, Angelus, 29.12.2013).

Sin embargo, aun en medio de la incertidumbre, la pobreza y el dolor, los exiliados deben conservar su dignidad, seguir soñando y luchando y vivir con la conciencia de que ocupan un lugar especial en el corazón de Dios, que quiso ser un exiliado. “Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad” (Francisco, Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 2014).

En medio del drama del exilio, el corazón materno de María y el corazón atento de José, conservaron siempre la confianza en que Dios nunca les abandonaría. Que esta misma certeza, por intercesión de la Sagrada Familia, viva arraigada en nuestro corazón. No nos hundamos en la incertidumbre, ni nos dejemos vencer por las dificultades. Confiemos siempre en el Dios del exilio, protector de los débiles y vulnerables, que nunca nos abandonará.

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Por nuestra parte, seamos respetuosos de las leyes del país que nos acoge, vivamos y trabajemos con honestidad y seamos solidarios entre nosotros. Que los padres cuiden la sana educación de los hijos y promuevan en la familia los grandes valores del evangelio, “la oración, la frecuencia a los sacramentos (…), los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día” (León XIV, Angelus, 28.12.2025).

Vivamos en comunión con Jesús, María y José, que nos acompañarán con su amor y ayudarán a nuestras familias a vislumbrar siempre nuevos horizontes. Que la Sagrada Familia sea nuestro modelo de fe y un signo eficaz del amor de Dios para comenzar a caminar siempre con dignidad y libertad cuantas veces sea necesario.

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.