“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

"Sin embargo, los poderes del mundo han querido detener la fuerza de la Palabra de Dios y han intentado apagar su luz"

Mons. Silvio José Báez
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HOMILÍA DEL DÍA DE NAVIDAD

Miami, 25 de diciembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, el mensajero que trae la buena nueva!” (Is 52,7). Sobre los montes de la historia hay unos pies que corren veloces. Son los pies de los creyentes, de los profetas, de los apóstoles, de hombres y mujeres creyentes que a lo largo de los siglos han dado testimonio del amor del Señor aun en medio de la oscuridad, de la persecución, del pecado y de la muerte. Nadie ha podido detener los pies de estos mensajeros de paz y de esperanza. No se han cansado nunca de invitar a la confianza y a la alegría porque Dios está siempre llegando para sanar y perdonar, para cambiar el mundo y salvarnos.

“Ya reina tu Dios” –gritan estos mensajeros–, invitando a una ciudad en ruinas a alegrarse: “Prorrumpan en gritos de júbilo, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su pueblo”, “con sus propios ojos lo verán”. Escuchemos también nosotros este anuncio, confiemos en la palabra de estos mensajeros y alegrémonos. Dios quiere acercarse a nuestras vidas para hacernos renacer en plenitud, llegar a nuestro corazón herido para curarlo con ternura y venir como luz a nuestras mentes dormidas o extraviadas para iluminarlas. Dios quiere llegar a las ruinas de la historia que han sido causadas por la insensatez de la guerra, la escandalosa injusticia que despoja a los pobres o la prepotencia de quienes someten a los pueblos, para reconducir la historia a la plenitud de la vida y de la comunión humana.

El evangelio de hoy confirma este dinamismo y la fuerza de la palabra que viene de Dios y que sus mensajeros han anunciado. Desde toda la eternidad existe la Palabra, que es el principio y la razón de ser de todo cuanto existe (Jn 1,1-3). Esta palabra eterna y creadora, llena de dinamismo y de fuerza, entró en nuestra historia frágil, vulnerable, como un niño necesitado de cuidado, deseoso de ser acogido. Es lo que nos recuerda el momento culminante del evangelio de hoy con la célebre frase que constituye el centro de nuestra fe: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

La Palabra omnipotente de Dios ha entrado en la historia y ha habitado para siempre entre nosotros. Es Jesucristo, su Hijo, su única palabra. San Juan de la Cruz nos lo recuerda cuando dice: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar” (2 Subida 22,3). Dios no tiene otra Palabra, sino su Hijo, Jesucristo. Todo nos lo ha dicho a través de su Él, todo nos los ha dado en Él. En él nos ha hablado para que no nos sintamos solos, con él ha iluminado nuestras oscuridades para que vivamos sin miedo, en él nos ha abrazado para que nos sintamos amados, por medio de él nos ha introducido en su corazón para cuidarnos, perdonarnos y salvarnos.

Sin embargo, los poderes del mundo han querido detener la fuerza de la Palabra de Dios y han intentado apagar su luz. Lo dice el evangelio de hoy al afirmar que “la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no solo no solo no la han recibido, sino que han intentado sofocarla (cf. Jn 1,5). Pienso en este momento en la ridícula decisión de la dictadura de Nicaragua que, como ya hicieron otros poderes oscuros en el pasado, recientemente han prohibido el ingreso del libro de la Sagrada Escritura al país. Tienen miedo a la fuerza y a la luz de la Palabra de Dios.

Estos poderes ateos y tenebrosos se olvidan de que la Palabra de Dios desborda el libro de la Biblia. La Palabra de Dios es Jesucristo, la Palabra hecha carne, acogida en el corazón de los creyentes y vivida y predicada en la Iglesia. Dependerá de nosotros, los creyentes, que la Palabra de Dios siga iluminando, consolando y dando fortaleza a nuestro pueblo. No basta gritar y protestar en las redes sociales por la prohibición de ingresar Biblias al país. Es necesario escuchar la Palabra, meditarla, celebrarla y anunciarla incansablemente con la propia vida. Solo así mostraremos que “la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9). De nosotros depende.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda humilde y frágil en la historia. No eligió los palacios desde donde los poderosos se imponen y someten. Al contrario, la fragilidad de la Palabra es un “no” radical y rotundo al poder injusto y a los sistemas totalitarios del mundo. La Palabra de Dios entró al mundo humilde y discreta porque respeta nuestra libertad, no nos hace violencia, no se impone.

La Palabra de Dios ha llegado a nosotros pobre y desarmada, tocando a la puerta de nuestro corazón para que la acojamos y abracemos con amor. No ha venido no para juzgarnos, sino para darnos su perdón y liberarnos de todas nuestras esclavitudes. La Palabra de Dios ha entrado en el mundo como “luz que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), para que recordemos que por muy oscuras que sean las noches de este mundo, ninguna noche es para siempre. La Palabra eterna de Dios nació como un niño que no sabe hablar para enseñarnos que cuando Dios parece estar callado es que nos está hablando de otra manera.

La Palabra de Dios se hizo carne. Y “la carne humana necesita cuidado, solicita acogida y reconocimiento, busca manos capades de ternura y mentes dispuestas a la atención”. “Desde que el Verbo se hizo carne, ahora la carne habla, grita el deseo divino de en encontrarnos” (León XIV, Homilía del día de Navidad 2025). El Concilio Vaticano II enseñó que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et Spes, 22). Por eso, nuestra fe en la humanidad de nuestro Dios nos invita a volver la mirada y ser solidarios con los pobres y olvidados, con quienes carecen de lo necesario para vivir dignamente, con los migrantes tratados con desprecio y crueldad, con los presos políticos, con las víctimas de la injusticia y la represión, con los niños explotados y los ancianos que en soledad.

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Cuando ignoramos, despreciamos o maltratamos a un ser humano, profanamos el santo nombre de Dios que se ha hecho hombre. En cambio, “donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios, y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza” (León XIV, Misa de la Noche de Navidad, 2025).

Vayamos a Belén y adoremos con asombro amoroso el gran regalo de Dios a la humanidad, a cada uno de nosotros. Peregrinemos amorosamente con el corazón y vayamos alegres hasta el pesebre para acoger a Jesús, “la Palabra hecha carne” y dejémonos consolar e iluminar por él. Contemplando al Niño de Belén nos descubriremos amados, sabremos agradecer el don de Dios y daremos testimonio de este don al mundo, haciéndolo más humano, más fraterno y más feliz.

¡Feliz Navidad a todos!

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.