HOMILÍA DE LA PRIMERA MISA DE DIÁCONO DE
CRISTHIAN DAVID MENDIETA
Miami, 14 de diciembre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
En este tercer domingo de adviento inicia su ministerio como diácono nuestro hermano Cristhian David Mendieta quien, habiendo escuchado la llamada Jesús, ha sido generoso y fiel en responderle. Su ministerio diaconal es un regalo de Dios no solo para la Arquidiócesis de Miami, sino también para la Iglesia y el pueblo de Nicaragua. Cristhian David es un signo elocuente de la fecundidad de la Iglesia nicaragüense, que sigue viva y dando frutos aun en la persecución y en el exilio.
El evangelio de hoy nos ayuda a comprender el ministerio del diácono a través de tres palabras: creyente, servidor y profeta. El diácono es un hombre que cree en el Señor, vive al servicio del pueblo de Dios y realiza su ministerio con estilo profético.
1. Creyente
Juan era un creyente. Obediente a la palabra de Dios había predicado en el Jordán llamando a todos a la conversión; ahora, desde la cárcel adonde está a causa de su predicación, sorprendido por lo que oía decir de Jesús, duda y se desconcierta. Jesús es un mesías muy distinto al que él imaginaba. Entonces, le manda a preguntar: “¿Eres tú el que había de venir o debemos esperar a otro?”. La pregunta del Bautista revela que la fe no está exenta de momentos de oscuridad. Sin embargo, Juan no se quedó rumiando con amargura su oscuridad y acudió a Jesús abierto a una verdad más grande. El verdadero creyente no es quien nunca duda sino quien, en medio de la incertidumbre, sigue confiando y buscando a Dios.
Querido Cristhian David, como diácono estás llamado a ser, ante todo, un creyente. Como Juan Bautista has sido llamado por Dios al ministerio. Vive a la escucha de su Palabra, nutre con ella tu vida y tu ministerio, aun en aquellos momentos en que la presencia de Dios parezca oscurecerse o los acontecimientos no correspondan a tus expectativas.
Acepta con serenidad en el camino de tu fe la tensión fecunda entre certeza y búsqueda. A Dios no se le posee, se le busca, esperando siempre en él con infinita confianza, aún en la oscuridad. Recuerda que creer no es tener todas las respuestas, sino confiar en el Señor, aun cuando sus caminos no sean los nuestros. En Dios podemos confiar, aunque no lo comprendamos.
Como diácono, estás llamado también a acompañar al pueblo de Dios en su camino de fe. Sé cercano y paciente con quienes dudan o están cansados, ayudándoles a integrar la duda como parte del camino de la fe. Sé un creyente creíble, irradia esperanza, ayuda a todos a descubrir la presencia de Dios en sus vidas y da testimonio del gozo de creer.
2. Servidor
La respuesta de Jesús a los discípulos enviados por Juan revela la esencia de su misión. Él es el Mesías que no ha venido a ser servido sino a servir (cf. Mc 10,45). “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (Mt 11,4-5). Jesús es el Mesías en quien Dios se ha encarnado para sanar y liberar a la humanidad.
Querido Cristhian David, como diácono estás llamado a servir a imagen de Jesús. La palaba diákonos, que significa “servidor”, revela que la identidad más profunda de tu ministerio el servicio de la caridad, tanto en el altar como en la vida. Debes ser como un puente entre el altar y la calle. Que tu servicio en la liturgia se prolongue en el servicio a los más pobres y marginados, y que tu contacto cercano con el pueblo de Dios, te permita llevar al altar las alegrías, sufrimientos y esperanzas del pueblo de Dios, especialmente de los últimos y más vulnerables.
Como diácono, refleja el estilo de servir de Jesús. Sé testigo de un Dios que no deja de cuidar al mundo, sanar a la humanidad, enjugar las lágrimas y curar los corazones. Que tus manos, que bendicen y elevan el cáliz, sean las mismas manos que toquen con ternura las heridas de Cristo en quienes padecen y son olvidados. Que tu gozo sea “lavar los pies” de tus hermanos y hermanas, comunicando a todos el consuelo y la fuerza transformadora del amor eucarístico que celebras en el altar.
3. Profeta
Al final del evangelio de hoy, Jesús se dirige a la gente y les habla de Juan Bautista. “¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? No (…) ¿A un hombre lujosamente vestido? No. Los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que un profeta (Mt 11,7-9). Un auténtico diácono debe ser también profeta, a imagen de Juan, el último y más grande de los profetas.
Querido Cristhian, que Juan Bautista, cuyo nombre es el mismo de tu pueblo natal en Nicaragua, sea una constante inspiración para ti. Tú vienes también de un país privado de libertades, en donde no se respetan los derechos humanos y se somete al pueblo con autoritarismo y crueldad. Un país en el que los profetas son perseguidos, encarcelados o mandados al exilio. Como servidor del Señor y de su pueblo, se siempre un profeta de Dios. No apagues tu voz para proclamar la verdad del Evangelio y para denunciar lo que contradice la voluntad de Dios.
No temas descontentar a los poderosos, ni ser incomprendido por los acomodados e indiferentes. Como diácono, tu ministerio debe ser profético en el altar y en las periferias. En el altar, anunciando siempre a Cristo e invitando a todos a acogerlo como el camino, la verdad y la vida; en las periferias, defendiendo a las víctimas de la injusticia y convirtiéndote en voz de los que no tienen voz.
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Cristhian David, sigue siendo íntegro, firme en tu fe, franco en tus palabras y transparente en tu vida. Tú nunca has sido “una caña agitada por el viento” de las presiones, las ideologías, los miedos o las modas pasajeras. Tampoco te han atraído los privilegios, el lujo o el poder de quienes viven “en los palacios de los reyes”. Sigue siendo el creyente íntegro, sensible y pobre que siempre has sido, el que conocí hace muchos años y que ha enriquecido tanto mi vida y mi ministerio episcopal.
4. Conclusión
Querido Cristhian David, gracias por ser generoso en responder a la llamada del Señor, gracias por tu amor a la Iglesia y, personalmente, gracias por haber estado a mi lado tantos años al servicio de mi ministerio episcopal. Le pido al Señor que seas siempre un creyente, un servidor y un profeta. Como creyente, encontrarás la fuerza para servir; como servidor, darás credibilidad a tu profecía; como profeta, mantendrás viva tu fe.
Que la Virgen María, quien fue perfecta creyente en la oscuridad, servidora humilde en lo cotidiano y profeta del Magnificat, sea una constante inspiración en tu vida. Que ella, la Purísima, quien ha cuidado siempre con ternura tu vocación, te siga acompañando con su amor maternal en tu ministerio al servicio del pueblo de Dios.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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