En lo profundo del bosque, donde el viento jugaba entre los troncos y la luz filtrada caía como polvo dorado, crecía un pequeño abeto.
No era el más alto ni el más fuerte, pero su verde brillaba con una frescura que alegraba a quienes pasaban. Sin embargo, el abeto nunca se sintió satisfecho.
Mientras los pájaros cantaban sobre sus ramas y la brisa le traía aromas de tierra húmeda, él miraba hacia arriba y deseaba ser grande, imponente, digno de algo más.
—Cuando crezca un poco más, los leñadores me verán —pensaba—. Me llevarán lejos y tendré un propósito verdadero.
Las estaciones lo abrazaron una tras otra, pero el abeto seguía soñando con horizontes distintos. Ni el sol tibio del verano ni la nieve silenciosa del invierno lograban convencerlo de apreciar lo que ya tenía.
Un día, el bosque despertó con el sonido de hachas. Los leñadores avanzaron entre los árboles y, al ver al abeto erguido y frondoso, decidieron llevárselo.
El árbol sintió una mezcla de miedo y triunfo. Por fin viviría lo que había imaginado.
Lo colocaron en una casa cálida y lo decoraron con velas, cintas, frutas y juguetes. Los niños rodearon sus ramas y cantaron villancicos que parecían llenar el aire de luz.
El abeto se sintió orgulloso, deslumbrado por la belleza de aquella noche.
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Pero la celebración terminó. Lo llevaron al ático, donde la oscuridad reemplazó las risas. Solo entonces empezó a recordar el murmullo del bosque, el vuelo de los pájaros y el aroma de los pinos vecinos.
Cuando por fin lo sacaron, el tiempo ya lo había secado. Los niños jugaron con sus ramas quebradizas antes de que los adultos lo convirtieran en leña.
Mientras crepitaba en el fuego, el abeto comprendió que la felicidad lo había acompañado siempre, aunque él nunca la supo ver.

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