La Gritería volvió a desbordar Matagalpa y Jinotega este 7 de diciembre. Miles de devotos caminaron por los barrios con sacos, mochilas y bolsos amplios para visitar los altares dedicados a la Inmaculada Concepción, patrona de Nicaragua. La tradición más arraigada del país recuperó su fuerza desde la tarde y empujó a la población hacia una celebración que mezcla canto, memoria y un esfuerzo familiar que perdura por generaciones.
A las seis en punto, el país escuchó el llamado que abre la fiesta:
—¿Quién causa tanta alegría?
—¡La Concepción de María!
Los obispos que permanecen en Nicaragua proclamaron el grito desde sus catedrales. Las diócesis de Matagalpa, Siuna y Jinotega vivieron una situación distinta con sus obispos desterrados. Monseñor Rolando José Álvarez Lagos y monseñor Isidoro Mora fueron enviados a Roma en 2024 y monseñor Carlos Enrique Herrera, quien es además presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, fue enviado a Guatemala en noviembre del mismo año.

Con sus obispos expulsados del país, los sacerdotes de esas Diócesis asumieron la apertura de la celebración en cada parroquia, mientras policías y paramilitares se ubicaron cerca de algunos altares y esquinas de ambos departamentos.
El recorrido y los cantos
Los grupos avanzaron de altar en altar con el ritmo propio de la Gritería. En cada hogar, los devotos entonaron los cantos tradicionales —incluida la estrofa de Tu gloria, tu gloria, gozoso este día, oh dulce María…— junto con melodías como Por eso el cristianismo, Toda hermosa eres María, Dulces himnos, Adiós, Reina del Cielo y El Alabado, que forman parte de la memoria musical de generaciones.
Algunos llevaron guitarras y otros instrumentos musicales; la mayoría cantó a capela, con voces que se mezclaron en calles estrechas, iluminadas por altares confeccionados con creatividad y esfuerzo familiar.

Los anfitriones entregaron la gorra con lo que habían logrado reunir durante semanas o meses: frutas, dulces, gofios, cajetas, chicha dulce, chicha bruja, ayote en miel e incluso nacatamales, considerados un regalo especial dentro del recorrido festivo. En algunos hogares entregaron una fruta; en otros, una mezcla generosa en una bolsa o en un recipiente plástico.
El esfuerzo detrás de cada altar
Los precios marcaron esta celebración. Las cajetas y los gofios costaron entre 500 y 700 córdobas el ciento; el ayote tuvo un precio de 80 córdobas, igual que el atado de dulce para la miel; y las naranjas oscilaron entre 200 y 300 córdobas el ciento.
Para muchos devotos, preparar la gorra o paquete significó meses de ahorro; otros reunieron lo necesario gracias al apoyo de hermanos, primos, amistades o vecinos que decidieron aportar, aunque ellos no levantaran altar.
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Una mujer que ha sostenido su promesa durante veinticinco años lo explicó mientras llenaba una bolsa con frutas para el siguiente grupo:
—La misma Virgen provee.
Acto paralelo y los concursos oficiales
En Matagalpa, otra escena surgió al sureste de la catedral San Pedro Apóstol. El sancionado alcalde Sadrach Zeledón Rocha, incluido por el Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua (GHREN) entre los represores del régimen y ajeno a la fe católica, encabezó su propio grito en el Centro Cultural Héroes y Mártires.

Zeledón lanzó su grito rodeado por trabajadores municipales y simpatizantes. El altar preparado por la Alcaldía lucía visualmente atractivo y se integró a la línea institucional con la que el régimen Ortega-Murillo impulsó concursos de altares en distintas alcaldías del país, incluidas algunas de Matagalpa y Jinotega dirigidas por personas de denominaciones evangélicas que no profesan la devoción mariana.
En Matagalpa, la municipalidad anunció que revelará a los ganadores de su concurso el 9 de diciembre, durante la inauguración de los Nacimientos.
Mientras, delegaciones de ministerios y entidades estatales, además de realizar los novenarios, Purísima incluida, también hicieron altares para la Gritería, unos en sus sedes, otras en el parque Darío.

El cierre de una noche intensa
Los grupos provenientes de comunidades rurales caminaron hacia los buses que los esperaron desde temprano. Los altares apagaron sus luces cuando las filas comenzaron a disminuir. Las familias regresaron a casa con los sacos llenos y con la satisfacción de haber recorrido una vez más la ciudad en la víspera mariana más importante del país.
La Gritería en Matagalpa dejó una imagen nítida: devotos que sostuvieron la tradición con su propio esfuerzo, una fe que sigue viva, vigilancia estatal visible en varios puntos y un acto municipal que intentó presentar la fiesta como folclor.
Aun así, la devoción prevaleció en cada canto y en cada altar.

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