“Necesitamos la libertad y la autenticidad de Juan Bautista”

No podemos resignarnos a aceptar un mundo en el que cada uno busca su propio bienestar y en donde valen más las cosas que las personas

Mons. Silvio José Báez
9 Min Read

HOMILÍA DEL II DOMINGO DE ADVIENTO

Miami, 7 de diciembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este segundo domingo de adviento sobresale la figura de Juan Bautista, el profeta que anunció y preparó la llegada de Jesús. Juan vivió y predicó en el desierto de Judea al sur de Jerusalén, lejos de los centros de poder de la religión y de la política (cf. Mt 3,1-3). No pertenecía a la clase sacerdotal que desde el templo de Jerusalén imponía severas leyes religiosas sobre el pueblo y era indiferente ante el dolor de los más necesitados. Juan tampoco era un predicador preocupado por quedar bien con el temido Herodes Antipas, ni mucho menos un cobarde aliado del sanguinario procurador romano Poncio Pilatos.

Juan era muy crítico de la religión acomodada de Jerusalén y de la sociedad desigual e injusta de Judea. Por eso se había ido lejos, al desierto. Era un hombre inconforme y rebelde frente a un mundo y una religión vacías de Dios, que no conocían ni la justicia ni la misericordia. Lo más impactante de Juan era su libertad. No estaba atado a nada, y vivía con la convicción de que no tenía que rendirle cuentas a nadie más que a Dios.

Hoy necesitamos la libertad y la autenticidad de Juan Bautista. No debemos conformarnos con nuestra vida mediocre y nuestra existencia llena de ídolos que suplantan a Dios. No podemos resignarnos a aceptar un mundo en el que cada uno busca su propio bienestar y en donde valen más las cosas que las personas. Debemos atrevernos a pensar con libertad y con espíritu crítico frente al sistema dominante. Debemos rechazar como normales regímenes de terror que quieren obligarnos a ser indiferentes, miedosos y silenciosos. Es necesario alzar la voz en nombre de Dios y denunciar los crímenes de los opresores, animar a los decaídos, iluminar a los confundidos, cuidar de los pobres y defender a las víctimas.

Juan Bautista era sobre todo un profeta de Dios. Estaba acostumbrado a vivir en familiaridad con Dios, a quien experimentaba cercano, siempre a las puertas, siempre llegando, buscando alguna rendija por donde entrar a nuestra vida. Por eso invitaba a todos a prepararse para acogerlo, exhortándolos a poner orden en la vida y cambiar de conducta. Su mensaje era claro: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 3,2).

Invitaba a todos a prepararse para acoger a Dios, exhortando a la gente a poner orden en la propia vida y cambiar de conducta. Para él, la motivación última para cambar de vida era la cercanía de Dios que estaba por llegar. No cambiamos por un decreto de lo alto, sino por una fuerte seducción que nos atrae y enamora. Por eso Juan invitaba a acoger a la luz porque la luz estaba cercana y había que abrirle espacio en las tinieblas de la propia vida.

El evangelio identifica a Juan Bautista con la misteriosa “voz” de la que hablaba el profeta Isaías, que “gritaba en el desierto” invitando a “preparar el camino del Señor” (Mt 3,3; cf. Is 40,3). Eso era Juan: una voz. Una voz que hablaba en nombre de Dios. A veces una voz puede parecer poco, sobre todo si resuena solitaria, sin el apoyo de otras voces. Sin embargo, una sola voz que se atreva a hablar en nombre de Dios para dar esperanza a los decaídos y decir la verdad con valentía, tiene una fuerza asombrosa, aunque sea solo una voz en el desierto.

¡Qué necesarias son hoy las voces que llaman a no conformarnos con la mediocridad y nos invitan a enderezar la vida personal y la convivencia social según la voluntad de Dios! ¡Qué necesarias son las voces que gritan sin temor en nombre de Dios la verdad e invitan sin desfallecer a tener esperanza! ¡Qué decisivas son las voces que hoy se alzan en la sociedad para denunciar a los poderes mundanos que oprimen a los pueblos, que adoran el dinero y maltratan a los más débiles!

La predicación de Juan Bautista no era diplomática ni temerosa, sino profética y clara. Le habla claro a las autoridades oficiales del judaísmo, representadas aquí por los “fariseos”, que eran personas preocupadas por normas y leyes religiosas, pero poco sensibles a las necesidades de los demás; y a los “saduceos”, provenientes de las familias ricas de Jerusalén que gozaban de los privilegios que les daba el ser aliados del poder imperial romano. Juan Bautista, primero, y más tarde también Jesús, llamaron a esta gente: “raza de víboras” (cf. Mt 12,34; 23,33).

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Según la antigua tradición judía, la figura de la serpiente insidiosa que engañó al hombre y a la mujer en el Edén (cf. Gen 3) es símbolo de la maldad perversa y obstinada (cf. Is 14,29). La religión que se sirve de Dios para gozar de privilegios, que se desentiende de la dignidad humana, ignora el dolor de los pobres y se arrastra temerosa ante los poderosos del mundo es una “raza de víboras”. Los poderes políticos que enarbolan la mentira con cinismo manipulan la religión para sus intereses, se endiosan con altanería y se imponen con crueldad sobre el pueblo, también son “raza de víboras”.

Muchos venían donde Juan “para ser bautizados por él en el río Jordán, reconociendo públicamente sus pecados” (Mt 3,6). El Bautista también nos invita a nosotros hoy, a las puertas de las fiestas de Navidad, a revisar nuestra vida con seriedad y humildad. Hoy Juan nos diría: pónganse frente a Dios, no se engañen, no jueguen con su vida, no se contenten con la buena imagen que los demás tienen de ustedes y vayan al fondo de su corazón. Encaren sus pecados ocultos, reconozcan lo falso y lo inmoral que hay en su vida, reconozcan con humildad su vida doble, sus ambiciones inconfesables, sus egoísmos y mentiras.

La voz de Juan resuena vigorosa todavía hoy porque estaba animada de una gran esperanza. Decía: “Detrás de mí viene uno que es más fuerte que yo” (Mt 3,11). El que llegó después de Juan fue Jesús, “el más fuerte”. Jesús es más fuerte que Juan pues no usará el agua del Jordán para darnos la vida, sino que nos sumergirá en el agua vivificante de su Espíritu. Jesús es el más fuerte porque dejó la vida austera del desierto y se dedicó a curar, perdonar y hacer el bien a todos, algo que el Bautista nunca había hecho. Jesús es el más fuerte porque hizo nacer unas esperanzas tan grandes que ni siquiera la muerte en la cruz pudieron apagar.

Juan era una voz; Jesús, “el más fuerte”, es Dios mismo que se ha abajado por amor hacia nuestra humanidad, no para condenarnos, sino para salvarnos. Preparémonos para celebrar con júbilo su nacimiento. Dejémonos inundar de su amor y abrámonos al poder transformador de su Espíritu. Digámosle con fervor en este tiempo de esperanza: ¡Ven, Señor Jesús!

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.