HOMILÍA DEL I DOMINGO DE ADVIENTO
Miami, 30 de noviembre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy iniciamos el tiempo de adviento. La palabra “adviento”, significa presencia, llegada, venida. En este tiempo renovamos nuestra fe en el Señor Jesús, el Hijo de Dios que vino a nosotros naciendo de la Virgen María en Belén, misterio que celebraremos en Navidad. Él vendrá también al final de la historia para instaurar el cielo y la tierra nuevos, en donde reina la justicia.
Con la venida de Jesús Dios ha venido para siempre, no se ha retirado del mundo y no nos ha dejado solos. San Pablo resumió este misterio en una frase: “El Señor está cerca” (Fil 4,5). En el tiempo de adviento renovamos la fe en la cercanía del Señor. Es un tiempo para serenarnos, recuperar fuerzas y ver el futuro con confianza. Es un tiempo propicio para dejar que el Señor sane las heridas que nos hacen sangrar el corazón, enjugue nuestras lágrimas, nos acoja con ternura y nos de fuerza para volver a soñar y a caminar con renovada alegría.
El Señor está cerca y está viniendo a nosotros cada día, pero podemos estar como adormecidos y no ser capaces de percibirlo. Corremos el riesgo de que el Señor pase delante y no nos demos cuenta, de que nos esté llamando y que no le respondamos, de que nos esté invitando a caminar por un determinado sendero y nosotros estemos empeñados en ir por otro distinto. A nuestro alrededor están brotando gérmenes de verdad, de bien y de bondad, aun cuando no los identificamos ni los vemos con claridad.
Jesús pone como ejemplo en el evangelio de hoy a la generación anterior al diluvio en tiempos de Noé, cuando la gente comía, bebía, trabajaban, se casaban, hacían lo de siempre, pero sin ver más allá, distraídos por mil ocupaciones, sin darse cuenta de lo que ocurría en ellos y alrededor de ellos, “y cuando menos lo esperaban sobrevino el diluvio y se los llevó a todos” (Mt 24,39). No hacían nada de malo, su vida era la vida que todos llevaban, simplemente vivían y trataban de responder como podían a la exigencia humana de felicidad. Los días de Noé son los nuestros cuando olvidamos levantar la mirada, más allá y hacia arriba, y nos contentamos con grandes bocados de actividad desenfrenada, de mundanidad engañosa o de superficialidad egoísta.
Este es uno de los grandes riesgos de la vida, ir tirando, dejar que la vida nos arrastre, viviendo con mediocridad, como adormecidos, esclavos de cosas y de horarios, buscando la felicidad en el tener y acumular, sin grandes ilusiones, cargando sueños rotos, y encerrados en nuestro pequeño mundo personal. Preguntémonos si estamos viviendo como deberíamos y si estamos haciendo lo que tendríamos que hacer. ¿Qué cosas importantes estamos descuidando?, ¿a qué deberíamos dedicarle más tiempo?, ¿somos sensibles al gemido de quienes sufren?, ¿sentimos como propios los problemas de la humanidad? ¿Tenemos tiempo para orar, para estar con el Señor y escuchar su palabra?
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“Velen, pues, y estén preparados” (Mt 24,42), nos dice hoy el Señor. El Señor nos está buscando: no dejemos que nuestro corazón se endurezca por las preocupaciones, el egoísmo o la tristeza. Es tiempo para acoger a Jesús: no permitamos que los ojos de la fe se debiliten, no sea que ignoremos su presencia que, aunque a veces es discreta, es siempre amorosa y fiel. Es tiempo para dejarnos interpelar por el evangelio para que nuestros oídos no se cierren a la palabra de Jesús que nos llama a seguirlo y construir nuestra vida sobre su palabra.
El tiempo de adviento nos educa al deseo y a la espera del Dios que viene en el silencio y la oscuridad para acortar la noche, como un ladrón que no roba nada y nos ofrece todo, como un extranjero en medio de un mundo de corazones distraídos. Estar en vela es dejar de vivir como si no esperáramos nada y permanecer con las manos vacías dispuestos a recibir los dones de Dios con conciencia y responsabilidad. Estar en vela es también no dejarnos modelar pasivamente por los antivalores que dominan la sociedad, es reaccionar y mantener despierta la resistencia y la rebeldía ante la lógica de este mundo egoísta, materialista y violento.
En las luchas por construir una sociedad más justa, velar a la espera del Señor significa no quebrarnos ante los fracasos y los esfuerzos aparentemente estériles, no ceder ante el miedo y la represión, no callar ni ser indiferentes. Velar y estar despiertos es estar atentos para ver con lucidez el presente y vislumbrar un futuro distinto. Por eso debemos dedicar tiempo a informarnos con seriedad, reflexionar personalmente y con los demás, compartiendo nuestras ideas con humildad y respeto. Sobre todo los líderes deben vivir despiertos, conscientes del momento presente, para no que no tomen decisiones apresuradas que, en vez de hacer florecer la historia, corren el riesgo de repetirla, y en vez de crear unidad, alimentan el desánimo y la competencia estéril.
Velar a nivel social es también no dejarnos engañar por los sistemas dictatoriales, que por miedo y para lavarse la cara a nivel internacional, de vez en cuando quieren dar la impresión de ser flexibles y bondadosos. ¡Despertemos! Mientras no devuelvan al pueblo todas las libertades y permitan abrir el camino hacia una democracia basada en la justicia y el derecho, siguen siendo poderes ilegítimos que hay que denunciar y sobre los que hay que seguir ejerciendo presión. Como creyentes, no cedamos ante el pesimismo, pues la resurrección de Jesús nos asegura el triunfo de la justicia, de la verdad y de la vida, aun en las situaciones más oscuras y las opresiones más dolorosas.
“Nuestra salvación está más cerca (…), la noche está avanzada y se acerca el día” (Rom 13,12), nos dice hoy San Pablo. Ha terminado el tiempo de la búsqueda de Dios y ha comenzado el tiempo de la acogida de Dios. No somos nosotros quienes tenemos que escalar hacia el cielo, sino que es Dios quien desciende a nosotros por amor. A Dios no lo merecemos, solo tenemos que acogerlo. Dios no se conquista, se espera. El futuro puede parecer oscuro, siempre hay dificultades, las tareas que tenemos por delante son inmensas, pero el Señor está con nosotros para indicarnos el camino, darnos ánimo en los momentos duros, y preservarnos de todo mal.
El Señor está cerca, está con nosotros, está llegando cada día. Agradezcámosle los momentos de alegría, la bondad y la sonrisa de quienes nos aman y acojamos lo bueno que nos da la vida. Velando, sin distraernos ni dormirnos. Todas las cosas son un signo de la presencia del “Dios-con-nosotros” (Mt 1,23). Todo es una caricia del Dios que nos ama y que está siempre viniendo a nosotros. ¡Ven, Señor Jesús! Amén.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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