Dejemos que Jesús reine en nuestras vidas

Homilía dominical en la festividad de Jesús Rey del Universo

Mons. Silvio José Báez
9 Min Read

HOMILÍA DE LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Miami, 23 de noviembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de la fiesta de Jesucristo, rey del universo, hemos escuchado la dramática escena de la crucifixión del Señor, que nos ayuda a entender quién es Dios y qué significa reinar. Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades religiosas se burlaban de él haciéndole muecas y diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es él Mesías de Dios, el elegido (v. 35). También los soldados romanos encargados de la ejecución, le decían “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (v. 37).  Incluso uno de los malhechores crucificado junto a Jesús le gritaba: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros” (v. 39).

Hemos escuchado tres veces la frase con la que diversas personas retan a Jesús crucificado: “Sálvate a ti mismo”. Esta frase nos recuerda las tres tentaciones en el desierto al inicio de su ministerio cuando el diablo intenta desviar a Jesús del camino de Dios y desvirtuar su misión mesiánica, incitándolo a usar su poder en favor de sí mismo. Ahora en la cruz, Jesús vive su última tentación: usar su poder para salvarse él mismo. 

Al decirle “sálvate a ti mismo” le quieren decir olvídate de los demás, no pienses en la humanidad, vive para ti mismo, date cuenta de que te has gastado inútilmente por los pecadores, los enfermos y los pobres, baja de la cruz. “Sálvate a ti mismo” era como decirle, ponte tú en el centro, acepta de que no vale la pena hacer el bien y luchar por la verdad y la justicia en un mundo violento e ingrato, usa tu poder, si es que lo tienes, para vivir e imponerte, para triunfar y derrotar a tus adversarios. 

Tanto las autoridades religiosas como los soldados coinciden en que salvándose a sí mismo, Jesús demostraría ser el verdadero Mesías. Para aquella gente de la religión, Dios es ante todo una autoridad soberana, el todopoderoso que se impone mandando y castigando la desobediencia de los hombres. Jesús crucificado, en cambio, nos revela que la grandeza y la omnipotencia de Dios se manifiestan en la humildad de su amor. Dios no se ha quedado arriba y por encima, sino que se ha abajado amorosamente hasta nosotros preocupado por lo que necesitamos, deseoso de perdonar nuestros pecados, sanar nuestras heridas, y consolarnos con su ternura. 

Los soldados se dirigen a Jesús con el título “rey de los judíos” (v. 37), con el que se había acusado a Jesús en el proceso ante Pilatos (Lc 23,2). La imagen de “rey” que ellos tienen en la mente es la del César, el emperador de Roma que se presentaba como omnipotente soberano. Su concepto de rey se basa en la fuerza, en la búsqueda de gloria y en la capacidad de imponerse sobre los otros. En cambio, Jesús no vino para dominar e imponerse, sino para servir y dar la vida por todos (cf. Mc 10,45). Jesús es verdadero rey porque es un rey desarmado, que no tiene otra fuerza que la fuerza de su amor. Jesús es el rey porque su poder fue vivir siempre privado de poder. 

En Jesús Crucificado se revela quién es Dios y qué significa reinar. Jesús Crucificado, como rey soberano, no baja de la cruz para salvarse a si mismo, ni se venga de sus verdugos con la fuerza de la violencia. Quien se impone con la fuerza no revela su grandeza, sino su pequeñez moral y su mezquindad enfermiza. Jesús permanece clavado a nuestra humanidad, amándonos hasta el final. Reina desde la cruz erradicando para siempre tres verbos mortíferos, tener, subir y mandar, y proponiendo, en su lugar, tres verbos que dan vida: dar, bajar y servir. 

La historia nos enseña que el poder es un principio de destrucción. Buscar tener éxito, fama o dinero y estar en el primer lugar, a toda costa y a cualquier precio, siempre produce división, humillación, pobreza y dolor. Sabemos que los pueblos dominados por personas cegadas por la ambición de dinero y de poder son pueblos empobrecidos, maltratados y prácticamente secuestrados por quienes se imponen despóticamente sobre ellos.

Aunque lo mencionen y lo invoquen, Jesús no está de parte de quienes se sirven del poder para oprimir, ni bendice sus oscuras maquinaciones para enriquecerse e imponerse en modo inmoral e injusto. Dios no está con los poderosos que, irrespetan los derechos humanos, abusan de los débiles, reprimen, atemorizan y destruyen el futuro de los pueblos. Su poder ilegítimo tarde o temprano terminará, pues el poder se torna impotente cuando aspira a lo imposible.

Jesús es rey desde la cruz, al morir con sus brazos abiertos como en un eterno abrazo que desea acoger a toda la humanidad. En evangelio de hoy, uno de los malhechores, crucificado junto a Jesús, consciente de sus crímenes, le pide a Jesús que se acuerde de él al llegar a su reino (v. 42). Le pide algo para el futuro. Jesús, en cambio, le responde ofreciéndole su perdón ya, hoy, en el presente: “Yo te aseguro, que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). A través de Jesús Dios nos ofrece su perdón hoy, cada día de nuestra vida, incluso en el último momento de la existencia. La salvación que nos ofrece Jesús, Mesías y Rey, no consiste en bajar de la cruz y salvarse a sí mismo, sino en abrazarnos cada día con su amor y su perdón infinito.

Por encima del poder político y del poder económico y de cualquier otro poder, hay otro poder mucho mayor, el que Jesús anunció e hizo presente en el mundo y reveló en todo su esplendor en la cruz: el poder de la verdad, del amor y del perdón. Por eso, pertenecen al reino de Jesús quienes son pobres de corazón, quienes poseen un corazón limpio, las personas libres, quienes son buenos y misericordiosos, quienes trabajan por la paz y la justicia.

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Dejemos que Jesús reine en nuestras vidas. Él puede dar siempre sentido a nuestra vida, tantas veces oscurecida por nuestros errores y herida por nuestros dolores. La única condición es que acojamos la verdad que él ha anunciado, que creamos en la grandeza de la misericordia y el poder del servicio, y que no sigamos la lógica de los dominadores del mundo que se imponen por la fuerza, se sirven de las personas y son insensibles al dolor y a las lágrimas de los demás.

El reino de Dios ha venido como un rayo de luz resplandeciente que se ha revelado en la historia de Jesús. Su reino es un reino de amor y de perdón, de reconciliación y de paz. La fiesta de Cristo Rey nos presenta a un Dios fascinante, enamorado y deseoso de darnos su vida y su amor. Él reinará en nosotros si somos capaces de bajar, servir y amar como él. Acojamos su luz y pongámosla en el centro de nuestra existencia como inspiración para que sea nuestro camino y nuestro destino. 

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.