Jesús permanece con su Iglesia en la adversidad

Su palabra da luz y fuerza en medio del engaño, la violencia y la persecución

Mons. Silvio José Báez
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HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Miami, 16 de noviembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

El relato que hemos escuchado en el evangelio es el relato de lo que ha sucedido en todos los tiempos y que hoy también se repite. Jesús enseña que la historia será larga, dolorosa y a veces muy conflictiva, llena de problemas, tragedias y violencias, pero el fin del mundo no vendrá enseguida (Lc 21,9).

De hecho, Jesús no está hablando propiamente del fin del mundo, sino del misterio del mundo, grandioso y bello, pero también frágil e inconsistente, creatura de Dios, pero al mismo tiempo confiado a las manos débiles y pecadoras del hombre. En su discurso, sin embargo, Jesús no se centra en el aspecto negativo de la historia, sino que se fija en esa pequeña creatura amada por Dios, que es el ser humano. Quiere que vivamos con la certeza de que, aun en este mundo vulnerable y en esta historia llena de adversidades, estamos a salvo, seguros en las manos de Dios.

En primer lugar, Jesús nos invita a estar atentos y a no dejarnos engañar, porque muchos querrán usurpar su nombre, presentándose como mesías y salvadores. “No vayan tras ellos” (Lc 21,8), no los sigan, nos dice Jesús. No todo lo que se presenta como novedad es verdadero, no todo lo que se ofrece como placentero nos da la felicidad. No debemos dejarnos arrastrar por modas pasajeras o atracciones engañosas.

A nivel social, tampoco caigamos en el síndrome de la indiferencia y la pasividad, que nace de la mentira de creer que las cosas no pueden cambiarse. Los sistemas dictatoriales alimentan esta actitud en la gente con su retórica emocional y mentirosa, con la cual polarizan a la sociedad, debilitan la lucha por la libertad y atemorizan a la población. La dictadura quiere engañarnos, vendiéndonos soluciones económicas falsas y presentándose como los únicos capaces de representar al pueblo y sacarlo de la pobreza.

No nos dejemos engañar. “No vayan tras ellos” (Lc 21,8), nos dice Jesús. Su táctica oscura es acumular más poder y control sobre la gente para enriquecerse ellos, desmantelar cada vez más la democracia para hacer de sus caprichos la ley, y consolidar un poder autoritario y dinástico que les asegure su permanencia en el poder y la supervivencia del sistema. “No vayan tras ellos” (Lc 21,8), nos dice Jesús.

Íntimamente unida al engaño de falsos líderes mesiánicos, Jesús recuerda como otra constante en la historia humana, la persecución de la Iglesia, que está llamada a ser “madre de los pobres y lugar de acogida y de justicia”, como nos ha recordado recientemente el Papa León (Cf. Dilexit te,39). En una historia dominada por la arrogancia y la violencia la Iglesia es la comunidad de Jesús que está al lado de los pobres y de las víctimas, dando testimonio de la misericordia y de la justicia de Dios.

Por eso es calumniada, perseguida y odiada. Jesús lo advirtió a sus discípulos: “Antes de que sucedan estas cosas, a ustedes los perseguirán y los encarcelarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, los harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa mía” (Lc 21,22). Los días que vivimos confirman la palabra de Jesús. Sin embargo, cuando la Iglesia es perseguida no hay que desalentarse, ni caer en la resignación.  Hoy Jesús nos dice que “estas cosas les sucederán para que den testimonio de mí” (Lc 21,15). La persecución es la hora de ser testigos de Jesús, humildes, valientes, y confiados en la presencia del Señor que nos sostiene.

Jesús le asegura a la Iglesia su presencia en medio de los conflictos y las persecuciones: “Tengan presente que no deberán preparar su defensa, porque yo les daré una palabra y una sabiduría a las que ninguno de sus enemigos podrá oponerse ni contradecir” (Lc 21,15). En el momento de la persecución Jesús no invita al silencio, no quiere una Iglesia callada, sino una Iglesia que hable con sabiduría, que sepa decir la palabra de la verdad con mansedumbre, pero con claridad y valentía.

Para la Iglesia la alternativa no es hablar o callar, sino hablar ideológicamente o hablar inspirada por Jesús. La palabra que Jesús le dará a la Iglesia en la persecución será una palabra serena, clara y valiente, y siempre más fuerte y convincente que los discursos de odio, las amenazas violentas y las acciones criminales de sus adversarios. El reto es responder y denunciar con verdad y valentía, pero sin odio ni resentimiento; llamando a la conversión a todos y sin cerrar las puertas del corazón a nadie.

Jesús asegura a la Iglesia su permanente protección: “no se perderá ni un solo cabello de su cabeza” (Lc 21,18). A la Iglesia le acompaña siempre la amorosa presencia de Jesús, quien cuida de nuestra vida, hasta en los detalles más pequeños e insignificantes como los cabellos de la cabeza. Jesús está con nosotros. Su presencia se manifestará siempre fiel y vigorosa para defender a su Iglesia frente a los lobos feroces que quieren intimidarla, doblegarla y someterla a sus intereses malignos. No tengamos miedo. Como dijo el Concilio: “La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (Lumen Gentium, 8).

Jesús termina su discurso con una frase que no debemos olvidar: “Gracias a su perseverancia, salvarán su vida” (Lc 21,19). La palabra griega que utiliza el evangelio significa entereza, aguante, capacidad para mantenernos firmes, paciencia fuerte y activa. Esta perseverancia no es una cualidad de gente fuerte y aguerrida, sino la actitud serena de quien confía en el Dios que alienta y guía la historia con ternura y amor compasivos. La persona perseverante no se desespera ante las dificultades, ni se deja llevar por la tristeza o el desánimo. Tampoco cae en la apatía y la indiferencia, sino que vive su fe con responsabilidad y constancia, sin perder la paz y la lucidez.

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La perseverancia a la que nos llama Jesús nace de la confianza en la presencia salvadora de Dios y en la certeza de que estamos en sus manos: “No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza” (Lc 21,18). Nuestro Dios es un Dios enamorado de nosotros. Como dijo hoy el Papa León, su amor “acoge, perdona, venda las heridas, consuela y sana (León XIV, Jornada de los pobres, 16/11/25).

A pesar de los sufrimientos que padece la humanidad y las injusticias que ensombrecen la vida social, Dios está actuando cada día con perseverancia en favor nuestro. Seamos nosotros también perseverantes para confiar en él y poner en él nuestra esperanza.

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.