“No conviertan la casa de mi Padre en un mercado”

La Iglesia es el santuario vivo de Cristo. Cada bautizado está llamado a custodiar este templo con amor, verdad y misericordia

Mons. Silvio José Báez
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HOMILÍA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASILICA DE LETRÁN

Miami, 9 de noviembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo en el que celebramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, construida en el siglo IV, y que es la sede del Sucesor de Pedro, el evangelio nos invita a alargar la mirada y contemplar espiritualmente el misterio de la Iglesia, que somos todos quienes como piedras vivas formamos parte del nuevo santuario, que es Cristo Muerto y Resucitado.

En el evangelio Jesús, acompañado de sus discípulos, subió por primera vez a Jerusalén para celebrar la pascua (Jn 2,13) y al llegar al templo se sorprendió: “Encontró en el templo a vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas” (Jn 2,14). Los vendedores ofrecían a los peregrinos los animales que necesitaban para los sacrificios en el templo y los cambistas ofrecían las únicas monedas oficiales que eran aceptadas en el templo.

Jesús encontró en el templo personas interesadas en hacer negocio. No encontró gente en oración o personas piadosas con deseo de buscar a Dios. En el mismo corazón religioso del judaísmo se encontró con un verdadero “mercado” (Jn 2,16), que como todo mercado excluía a la gente con menos recursos económicos, acentuaba las diferencias sociales y procuraba grandes ganancias a los comerciantes y a los sacerdotes del templo, mientras en las aldeas crecía la miseria y en las calles yacían tirados los enfermos y olvidados los pobres.

El templo de Dios se había pervertido. Donde se impone el afán de ganancia sin tener en cuenta a los más necesitados, no se deja sitio para el verdadero Dios. Excluimos a Dios de la convivencia social cuando olvidamos que “el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el ser humano” (Caritas in veritate, 25). Cuánto daño han hecho en nuestros países personas y grupos que por años han vivido obsesionados solo por aumentar su capital, sin importarles los derechos humanos, la libertad del pueblo y el futuro de la democracia, llegando incluso a apoyar y defender a dictaduras y sistemas injustos con tal de no ver afectadas sus ganancias. El crecimiento económico de unos pocos no basta para asegurar el futuro de un país.

Los dirigentes judíos habían convertido el templo de Dios en una institución financiera dedicada a obtener beneficios personales. En aquel ambiente ciertamente no había lugar para Dios, que es Padre de todos y desea que nadie sea excluido. Allí nadie escuchaba a Dios, su lugar había sido usurpado por el dios dinero, y cuando el dinero se vuelve un dios, se llega a sacrificar a las personas y el futuro de los pueblos.

Al ver aquella situación en el templo, Jesús se indignó. Con un látigo en la mano, empujó a los vendedores de animales y volcó algunas mesas de los cambistas haciendo que el dinero cayera por el suelo (cf. Jn 2,15-16). Jesús nunca fue violento, ni hizo daño a nadie, pero tampoco fue insensible. Por eso, aquel día en el templo, reaccionó movido por “el celo” de la casa de Dios”, por su pasión por el verdadero Dios. A veces olvidamos que indignarse ante la injusticia es una forma de creer en Dios y de sentir misericordia hacia los más pobres. Como los antiguos profetas, Jesús acompañó su gesto con unas fuertes palabras de denuncia: “Quiten esto de aquí. No conviertan la casa de mi Padre en un mercado” (Jn 2,16). 

Queriendo mostrar lo relativo del edificio físico del templo, Jesús añadió: “Destruyan este santuario y en tres días lo levantaré” (Jn 2,19). Los dirigentes judíos pensaron que se refería al templo material, pero “él hablaba del Santuario de su cuerpo” (Jn 2,21). Con la Pascua de Jesús inicia el nuevo culto a través del nuevo templo de su cuerpo glorioso, el culto del amor y la verdad. Jesús Resucitado es el nuevo santuario de Dios a través del cual rendimos culto al Padre (cf. Jn 2,22). Él es el nuevo templo en el que hay cabida para todos y en donde todos somos amados gratuitamente por Dios y perdonados por él con misericordia. Un templo en el que no hay nada que comprar ni que vender. Todo es amor gratuito.

Dios no tiene necesidad de nuestros sacrificios, ni hay que multiplicar actos religiosos para acercarnos a él. Dios solo quiere hijos e hijas dispuestos a vivir con él una relación de amor. En este nuevo templo cada uno es una piedra viva. San Pablo hoy nos ha recordado que “somos templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en nosotros” (1 Cor 3,16). Como piedras vivas somo el cuerpo de Cristo en la historia, le damos culto en el amor y anunciamos y testimoniamos el evangelio en el mundo. Somos el templo sagrado de Dios.

Estemos atentos a no convertir nuestro corazón en un “mercado”. No vendamos nuestra vida a placeres deshonestos, ni nuestra conciencia a los poderosos del mundo para obtener privilegios. No perdamos nuestra dignidad, ni actuemos en modo injusto solo por el simple afán de dinero. Estemos atentos también a no convertir en un “mercado” nuestras relaciones con los demás. No nos aprovechemos de las personas, no las usemos para luego desecharlas, no hagamos las cosas por interés personal sino con amor generoso y solidario.

Como los mercaderes de Jerusalén, hoy también hay gente interesada en dañar el templo santo de Dios, que es la Iglesia. La han querido desmoralizar, calumniándola, persiguiéndola, obligándola al silencio, robándole sus instituciones y exiliando a muchos de sus pastores. En su mundo tenebroso esta gente perversa no soporta la luz de la Iglesia, la verdad de su palabra y el poder de la oración. Pero, no tengamos miedo, apoyémonos en el Señor. El templo santo de Dios, que es la Iglesia, permanece porque está construida sobre la piedra fundamental que es Cristo Muerto y Resucitado, su Señor y Maestro.

Como los mercaderes de Jerusalén, los poderosos inicuos han querido también hacer de la Iglesia un “mercado” manipulando las fiestas religiosas. Un ejemplo claro es lo que hacen cada año con la fiesta de la Purísima en Nicaragua. No permitamos que hagan de la fiesta de la Virgen un “mercado”. No apoyemos ni celebremos sus remedos religiosos. Reavivemos nuestra fe y volvamos la mirada a Jesús y a la Virgen nuestra Madre. Cercana ya la novena de la Purísima, invito a los nicaragüenses para que nos preparemos para rezar y cantar con amor ante el altar de la Virgen en familia, en la calidez de nuestros hogares, pidiendo por la liberación de nuestra patria. No dejemos que los hijos de las tinieblas hagan un mercado de la fiesta de la Purísima. 

No permitamos que la Iglesia se convierta en un mercado. Somos el Templo de Dios. Jesús ha hecho de nosotros su pueblo santo, piedras vivas y templos del Espíritu. Somos su Iglesia cuya santidad no brota no de nuestros méritos, sino de la presencia y el amor del Señor. “El templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo” (1 Cor 3,17).

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.