TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Miami, 2 de noviembre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos en este domingo el recuerdo de quienes, habiendo finalizado su paso por este mundo, nos han precedido en el camino de regreso a la casa del Padre. Recordamos con cariño y con fe a nuestros seres queridos, familiares y amigos, y a todos los que después de la muerte ya no están físicamente con nosotros.
Ciertamente vivimos en una cultura que trata de ocultar la muerte, que la ve como un elemento perturbador que nos intranquiliza. No nos gusta hablar de ella y tratamos como sea de librarnos de ella ignorándola, no pensando en ella, haciendo como si no existiera, como el niño que cree que cerrando los ojos el peligro desaparece. Sin embargo, los cristianos, en lugar de ignorar la muerte o sentir miedo ante ella, la miramos y la esperamos con la fe puesta en Cristo, Señor de la vida y de la muerte.
Desde nuestra fe en Cristo la muerte, aunque inevitable, no debe ser vista como un tabú o un final absoluto. La muerte no es una sombra a evitar, sino un paso que da sentido a nuestra vida y nos introduce en la vida eterna, no para vivir una sucesión temporal infinita, sino para sumergirnos en el infinito amor de Dios, donde no hay pasado ni futuro, porque ya el tiempo no existe. La conmemoración de los fieles difuntos nos trae el mensaje esperanzador de que nuestra aventura humana no acaba con la muerte. Todo lo verdadero, lo bueno, hermoso y gozoso, que aquí abajo lo disfrutamos a cuentagotas, solo lo tendremos de forma sobreabundante, cuando hayamos traspasado las barreras del tiempo.
En el evangelio de hoy (Juan 6,37-40) hemos escuchado palabras muy esperanzadoras que iluminan nuestro destino y nos ayudan a no vivir desconcertados, solitarios o temerosos ante la muerte. Es hermoso escuchar de boca de Jesús estas palabras: “El que venga a mí, no lo echaré fuera” (Jn 6,37). Jesús es el gran abrazo de Dios al mundo. Para eso fue enviado por el Padre, para acogernos amorosamente, ya desde ahora en esta vida, a través de su providencia y su perdón, pero también para acogernos más allá de la muerte, llamándonos por nuestro nombre y dándonos una vida plena y eterna.
Por dos veces Jesús nos recuerda también cuál es la voluntad del Padre que lo ha enviado, “que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día” (Jn 6,38.40). La voluntad del Padre es que ninguno se pierda, que aun después de la muerte cada uno conserve su identidad y brille eternamente en una vida plena y sin fin. Los cristianos vivimos con la esperanza puesta en Jesús, Señor de la vida y de la muerte, quien nos arrancará del poder aniquilador de la muerte y nos resucitará a una vida plena y eterna más allá de la muerte, del tiempo, del dolor y del pecado. Solo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Solo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.
Ciertamente que en cada muerte se pierde una voz, una sonrisa, una presencia, –se pierde un mundo entero–, como dijo hoy el Papa León XIV. Cuando un ser querido se va, ya no podemos disfrutar de su mirada, ni escuchar su voz, ni sentir su abrazo. Sin embargo, nuestra fe en Cristo Resucitado nos hace vivir este misterio con esperanza. Los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. ¡Nuestros muertos están vivos! Para los cristianos morir no es perderse en el vacío, lejos del Creador. Morir es entrar en la salvación de Dios, compartir su vida eterna, vivir transformados por su amor insondable.
Suscríbase a nuestro Canal de YouTube
La conmemoración de todos los fieles difuntos es una llamada a la memoria. Con el pasar del tiempo el misterio de cada persona está expuesto al olvido. Los cristianos sabemos que solo en Jesús conservamos el recuerdo de la grandeza y de la dignidad de quienes ya ha muerto. Por eso, recordamos a los difuntos en la eucaristía. Al partir el Pan, la comunidad se encuentra con Cristo y, en Él, con todos los que nos han precedido; así la unión con los difuntos se hace presente sacramentalmente, porque en la asamblea eucarística la comunión entre los vivos y los que duermen en Cristo se actualiza y se renueva. En la eucaristía damos gracias por el don de la existencia terrena de quienes se han ido, renovamos nuestra fe en que ninguno se perderá y reavivamos la esperanza de que un día todos seremos acogidos en el eterno abrazo de Dios. La conmemoración de hoy nos libera la nostalgia del pasado y nos invita a celebrar el futuro.
Recordamos hoy también las muertes que no debieron ocurrir. Recordamos con dolor a quienes han sido víctimas de la injusticia: hombres, mujeres y niños cuyas vidas fueron arrebatadas por la violencia—asesinatos, desapariciones, migración forzada, hambre, guerras, represión de sistemas totalitarios—. Especialmente recordemos hoy a quienes han sido asesinados por la represión criminal de las dictaduras de nuestros países, la mayor parte de ellos jóvenes estudiantes, simplemente porque lucharon por sus ideales de libertad, protestaron contra la injusticia y soñaron con una sociedad más humana, justa y democrática.
Su memoria clama por verdad, reparación y justicia. Al recordar a las víctimas de la represión, los recordamos con cariño y gratitud y oramos por ellos, pero también debemos sentir la necesidad de reclamar la verdad de sus muertes, exigir que se establezca la responsabilidad de los culpables ante la justicia internacional y se trabaje eficazmente en la reparación de las víctimas. La impunidad hiere la esperanza e impide la paz. La fe no permite que la memoria de las víctimas se convierta en mero lamento; más bien la convierte en impulso para exigir justicia y trabajar por la conversión social y el compromiso en favor de la vida.
Pidámosle al Señor consuelo para los que lloran la muerte de sus seres queridos, luz para quienes buscan sentido en la vida, fe fuerte para quienes sienten temor a la muerte y coraje para quienes trabajan por la justicia en favor de las víctimas. Que la seguridad de la vida eterna nos sostenga en el duelo y nos convierta en artesanos de reconciliación. Encomendamos a todos los difuntos a la misericordia de Dios, seguros del encuentro con Cristo, quien el último día nos llamará por nuestro nombre, nos abrazará y no dejará que ninguno se pierda (cf. Jn 6,37). Que la Virgen María y todos los santos intercedan por nosotros hasta el último día, cuando todos seremos resucitados por Jesús (Jn 6,39-40). Amén.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

Facebook Comments