HOMILÍA DEL DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
Miami, 26 de octubre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy Jesús nos cuenta en el evangelio una parábola en la que dos hombres, subieron al Templo para orar (Lc 18,10). Un fariseo y un publicano. El fariseo era un hombre religioso y estricto cumplidor de la ley del Señor; el publicano, en cambio, era un cobrador de impuestos, colaborador del imperio romano, considerado un pecador público, alejado de Dios e incapaz de alcanzar su perdón. Ambos personajes son creyentes y los dos suben al templo para encontrar a Dios.
El fariseo llega al templo y ora de pie, erguido, diciendo: “Dios mío, te doy gracias” (Lc 18,11). Inicia bien. Se dirige a Dios agradeciendo. Es la oración de bendición con la cual en la Biblia se reconocen los bienes recibidos de Dios. Sin embargo, inmediatamente el fariseo deja de dirigirse a Dios, se encierra en sí mismo y comienza a enumerar las buenas obras que realiza como orgulloso e irreprensible cumplidor de la Ley de Moisés, ayuna “dos veces por semana” y paga el “diezmo” de todo lo que posee.
Además, pretende dirigirse a Dios despreciando a los demás: “Te doy gracias –le dice a Dios– porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros. Tampoco soy como ese publicano” (Lc 18,11). Orgulloso de su religiosidad y convencido de su superioridad, el fariseo desprecia a los demás, los juzga y se considera mejor que ellos. Se engaña. No podemos relacionarnos con Dios despreciando y ofendiendo a los demás. No se puede alabar a Dios y condenar a sus hijos. No podemos pronunciar el santo nombre de Dios y juzgar o maltratar a nuestros hermanos.
El fariseo no ora, se alaba a sí mismo. Aunque está en el templo de Dios, practica lo que el Papa Francisco llamaba “la religión del yo” (cf. Homilía 27/10/19). Es la religión de quien por adorar su propio yo, deja de adorar al verdadero Dios. El fariseo se encerró en un monólogo que lo alejó de Dios. Había encontrado el camino del templo, pero no el camino del corazón. En realidad, no hizo oración, solo habló consigo mismo. No bendice a Dios por sus obras, sino que se enorgullece de las propias. No siente necesidad de Dios. Para él Dios es como un simple notario que registra, toma nota y aprueba las buenas obras.
Somos como el fariseo cuando la religión nos convierte en personas egoístas y arrogantes, incapaces de reconocer nuestros errores y culpas. Cuando vivimos tan complacidos de nosotros mismos que no sentimos necesidad de cambiar y de abrir el corazón a la misericordia del Señor, terminamos creyendo que somos mejores que los demás a quienes juzgamos y condenamos con dureza. Y de este modo nos alejamos de Dios.
El publicano, en cambio, se había quedado de pie a lo lejos, ni siquiera quería mirar al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios! Apiádate de mí que soy un pecador” (Lc 18,13). El publicano vivía expuesto a la vergüenza pública, era señalado por todos, sabía que actuaba mal y que su vida estaba lejos de Dios. Por eso, se presenta ante Dios, sin máscaras, con las manos vacías y el corazón desnudo. Sabía que no tenía nada de qué gloriarse ante el Señor y que no podía contar con sus fuerzas, quizás incluso había querido cambiar, pero no había podido. Desde su pobreza el publicano sabía que solo podía contar con la misericordia de Dios.
Su actitud no es falsa modestia, sabe que ha hecho acciones deshonestas, no oculta ante Dios sus errores y su pecado, sino que confía infinitamente en la bondad del Señor. Como se siente indigno de templo, él mismo se vuelve templo, abajando los ojos, usando sus manos para golpearse el pecho, abriendo ante Dios su corazón y elevando humildemente su voz implorando misericordia. Permite que el Señor lo mire tal como es, con sus luchas interiores, sus culpas, sus errores y sus pecados vergonzosos.
Somos como el publicano cuando tenemos el valor de reconocer nuestros errores y aceptar que necesitamos de la misericordia de Dios. No tengamos miedo de que Dios nos mire por dentro. Él siempre nos mira con infinita bondad. Con la figura del publicano Jesús nos enseña que encontramos a Dios no cuando nos sentimos orgullosos de nuestra bondad y nos creemos mejores que los demás, sino cuando nos presentamos ante él tal como somos, reconociendo nuestros límites y errores, pidiendo perdón y confiando en su infinita misericordia.
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La parábola no habla solo de la oración. Es una parábola sobre la vida, sobre Dios, sobre nosotros mismos y también sobre la sociedad. Por eso, es posible hacer una lectura social y política de la parábola, pensando en regímenes dictatoriales de nuestros países que continuamente mencionan a Dios e invocan su nombre, mientras oprimen, roban, irrespetan los derechos humanos y destruyen el futuro de nuestros pueblos.
Como el fariseo de la parábola, estos regímenes autoritarios se sirven de la religión para sí mismos, para tranquilizar sus conciencias, usarla como sustento ideológico o ganarse la buena voluntad del pueblo sencillo y creyente. Invocan a Dios y le dan gracias por las supuestas bendiciones que reciben, que en realidad son solo el resultado de sus políticas autoritarias y corruptas para afianzarse en el poder, enriquecerse cada día más y lograr sus propios intereses ideológicos.
Como el fariseo de la parábola, los dictadores y quienes los apoyan creen que “no son como los demás”. Se creen una casta privilegiada y omnipotente, convencidos de que nacieron para mandar, que son dueños del país y superiores al resto de la sociedad a la que someten y agreden. Practican la religión del “yo”, exigiendo culto a sus personas e imponiéndose sobre el pueblo con aires mesiánicos como si fueran pequeños dioses. Usan a Dios solo para confirmar su autoritarismo, pero nunca le piden perdón pues no reconocen ninguna culpa. Practican una religiosidad atea. No sienten necesidad de la misericordia de Dios, ni reconocen su justicia.
Al final de la parábola, Jesús hace un juicio que nos deja desconcertados. Proclama justo a un pecador y declara lejos de la justicia de Dios a un hombre religioso. Jesús nos enseña que la oración del soberbio no llega al corazón de Dios, pero la oración del humilde lo abre de par en par. La arrogancia del fariseo lo cerró en sí mismo y quedó lejos de Dios; el publicano, en cambio, se abrió a Dios sin engaños ni hipocresía, confió en su amor misericordioso y recibió el perdón de Dios.
Pidamos hoy al Señor la gracia de conocernos, de no despreciar a nadie, de sentirnos pobres interiormente y necesitados de su misericordia, orando siempre con las manos vacías y el corazón abierto ante nuestro Padre Dios, diciendo: “Dios mío, ten misericordia de mí que soy un pecador” (Lc 18,11).
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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