En el evangelio de este domingo (Lc 17,11-19), hemos escuchado que, yendo Jesús de camino hacia Jerusalén, al entrar en un pueblo, “salieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a distancia y le gritaron diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lc 17,12).
Como sabemos, los leprosos eran personas a quienes la Ley de Moisés les prohibía entrar en contacto con los demás. Vivían excluidos de la vida social y del culto. Debían habitar en las afueras de la ciudad, en soledad y sin esperanza. Eran como muertos vivientes. Hoy se ha eliminado casi totalmente la enfermedad física de la lepra, pero lamentablemente en el mundo vivimos otras formas de lepra. Los sistemas autoritarios y los poderosos de hoy crean leprosos. Las lepras sociales de hoy dividen a la humanidad excluyendo o sometiendo a los más débiles, explotando a los pobres, maltratando y expulsando a los migrantes, u obligando a callar a quienes piensan diferente o dicen verdades que resultan incómodas al sistema.
Los leprosos del evangelio ven de lejos a Jesús y le gritan: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lc 17,13). Es un grito breve, desgarrador, que brota desde lo más hondo del dolor humano. Aquellos pobres hombres, desfigurados en su cuerpo, todavía tienen ojos para ver y boca para gritar. Son un icono de la auténtica fe. Aunque no se acercan físicamente a Jesús, con sus ojos y su boca entran en relación con él, el único que puede liberar del aislamiento, del dolor y la humillación de ser excluidos. Somos creyentes cuando tenemos ojos para ver en Jesús una puerta de esperanza y una boca para gritarle desde el sufrimiento.
Los diez leprosos del evangelio no solo confían en Jesús, sino que también se rebelan contra un sistema que los excluye y contra una religión que los ignora. No se resignan a vivir rechazados, rumiando su propio dolor y viendo que su vida se apaga en el sufrimiento y la soledad. Hoy es necesaria la rebeldía.
Frente a sistemas opresores y regímenes criminales que someten a los pueblos, hay que cultivar la rebeldía espiritual para liberarnos del pesimismo, la rebeldía intelectual para no dejar de pensar con libertad, la rebeldía moral para no dejar de denunciar la injusticia, la rebeldía creyente para seguir confiando en el Dios de la vida y de la liberación. Hay etapas históricas en que el futuro de los pueblos es incierto, hay cansancio social, intentos fallidos y decepciones. Estos no son fracasos. Son los dolores de parto de una nueva sociedad. En esos momentos no hay que caer en el desánimo. A ejemplo de los leprosos de hoy hay que conservar la rebeldía para no acostumbrarnos a la normalidad forzada que quiere imponer el opresor y no perder la capacidad de soñar con una sociedad justa y libre.
Jesús no se acerca a los leprosos, pero sabe que Dios los quiere sanos y no quiere que sufran ni siquiera un segundo más; por eso, inmediatamente les pide que vayan a presentarse a los sacerdotes del templo, para que comprueben su curación y puedan reintegrarse a sus hogares y a su pueblo (cf. Lc 17,17,14). Todavía enfermos, aun cubiertos de lepra, aquellos hombres se pusieron en camino, cumpliendo sin tardanza y con confianza la orden de Jesús. Sorprendentemente, dice el evangelio que, “mientras iban de camino, quedaron purificados de su lepra” (Lc 17,14).
Los leprosos no se curaron cuando estaban delante de Jesús, sino después, cuando confiados en su palabra se pusieron en camino. En realidad ya estaban curados al encontrar a Jesús, aunque todavía no lo veían ni lo sabían. Solo confiaron y no dudaron en caminar como Jesús les pidió. Hay que apostar por la confianza en Dios, aun en los momentos más oscuros, y creer en su palabra antes de que se cumpla.
La vida de cada uno es un camino, a veces escabroso, lleno de obstáculos, cansado, en subida. Sin embargo, Jesús nos invita a caminar siempre. Él nos asegura que Dios actúa en nuestra vida cuando aceptamos el riesgo de avanzar, de soñar, de arriesgar y de construir. La resignación y la mediocridad nos enferman espiritualmente y disminuyen nuestra dignidad. Hay que caminar apoyados en la confianza en Dios, invocando continuamente a Jesús y sin detenernos jamás.
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También la vida de la sociedad es un camino que hacemos juntos, pero tantas veces lleno de baches que obstaculizan la fraternidad y atentan contra la dignidad. La ambición de poder, la idolatría del dinero, el autoritarismo, la opresión de los pobres y la indiferencia egoísta de quien prefiere callar, son algunos de los grandes baches en el camino hacia una sociedad libre, justa e igualitaria. Sin embargo, nada debería detenernos en el camino por soñar y luchar por un mundo mejor y más humano. La mejor manera de predecir el futuro es crearlo.
El camino es curación porque es fermento de esperanza. Las personas y las sociedades enfermas se curan caminando, no viviendo paralizados y vencidos por el pesimismo o el miedo. La curación de las personas y de las sociedades acontece no cuando se llega a la meta, sino cuando tenemos el valor de caminar, aunque sea lentamente. En cada paso de esperanza se deposita una gota de curación, en cada paso luchando por la libertad y la justicia va surgiendo un futuro nuevo.
Los leprosos del evangelio caminaron juntos, compartiendo una misma fe y una misma esperanza. En la vida hay que aprender a caminar juntos, nunca solos. Nos necesitamos unos a otros. En la vida, en el camino de la fe y en la convivencia social no somos rivales, sino hermanos, responsables unos de otros. Vivir es también hacernos cargo del que ha dejado de caminar y de quien ha perdido el rumbo. No hay que caminar para llegar primero y acaparar privilegios y aplausos, sino para construir entre todos una convivencia nueva en la que compartamos nuestros bienes e intereses en paz y justicia y en donde disentir del poder no sea un delito.
Todos los leprosos fueron curados, pero el evangelio nos cuenta que uno de ellos, “viéndose curado, se volvió alabando a Dios en voz alta y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le dio las gracias” (Lc 17,16). Este hombre, en lugar de ir a presentarse a los sacerdotes, se volvió hacia Jesús a dar gracias. No llegó al templo. Comprendió que la salvación no viene no de una religión indiferente ante el dolor humano, sino de la relación personal con Jesús. Se dio cuenta que más importante que su curación era encontrar otra vez a quien lo había curado.
Aquel leproso no solo fue sanado de la lepra, sino que recibió la plenitud de la vida y la salvación que solo Jesús puede dar. Cuando agradecemos a Dios, reconocemos la fuente de la vida y nos sumergimos en ella como en un río de aguas vivas. Cuando celebramos con alegría nuestra fe en Jesús y somos capaces de alabar y dar gracias a Dios, la vida se ilumina y florece, los cielos se acercan y el mundo nuevo empieza a surgir.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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