HOMILÍA DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
Miami, 6 de octubre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo hemos escuchado como primera lectura un pasaje del libro del profeta Habacuc, uno de los libros menos conocidos y más pequeños de la Biblia. Habacuc es distinto a los grandes profetas que existieron antes que él, quienes denunciaban públicamente el pecado y la injusticia. La profecía de Habacuc, en cambio, se parece más a una oración apasionada y solidaria. El profeta se queja y protesta ante Dios.
Lo que estaba ocurriendo en la época de Habacuc, en el siglo séptimo antes de Cristo, desconcierta al profeta y le provoca una fuerte sensación de impotencia. El naciente imperio de Babilonia comenzaba a imponerse con la fuerza de su poderoso ejército dominando sobre los pequeños reinos del antiguo medio oriente; al interior del reino de Judá, las autoridades locales, reyes y magistrados, oprimían al pueblo, lo despojaban de su libertad y lo empobrecían cada día más.
En aquel escenario internacional de violencia e injusticia, dominado por la fuerza de las armas, la opresión y la injusticia, el profeta Habacuc alza su voz, pero no para denunciar ante los hombres, sino para reclamar ante Dios. Le reclama que no hace justicia, no defiende a las víctimas y no interviene en la historia para restablecer el derecho pisoteado.
Escuchemos las dramáticas palabras que el profeta le dirige a Dios:
“¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que te dignes salvar? ¿Por qué, Señor, me haces ver la injusticia y te quedas mirando indiferente la opresión? Ante mí no hay más que destrucción y violencias, pleitos y controversias” (Hab 1,1-2).
Son palabras fuertes, sinceras, apasionadas que brotan de un corazón creyente que no se resigna ante el mal.
Habacuc denuncia la opresión y la violencia de los poderosos, pero también muestra su desconcierto y su indignación ante el Señor, el juez supremo, el Dios Santo y Justo, quien no interviene, parece estar callado y se queda como espectador del sufrimiento, sin hacer nada. Las palabras que Habacuc le dirige a Dios son fuertes, casi escandalosas.
Este profeta nos enseña que no podemos ser indiferentes ante los tiranos que imponen su voluntad de poder con la fuerza de la represión y la violencia. Nos enseña también que no debemos resignarnos a que los malvados nos amedrenten con sus discursos cínicos. Nos enseña sobre todo que en situaciones de injusticia y opresión debemos volver el corazón a Dios para orar.
Habacuc nos recuerda que orar no es solo pedir, mucho menos cruzándonos de brazos y esperándolo todo de Dios. Orar es también luchar con Dios en la noche de su aparente ausencia y gritar ante Él, protestando y rompiendo su silencio. Orar es presentarnos ante Dios llevando en nuestro corazón y en nuestra voz la opresión del pueblo, el sufrimiento de las víctimas y la angustia de sentir que en la historia siguen triunfando los malvados. En los momentos más oscuros y dolorosos, en las situaciones aparentemente imposibles de superar, no hay que hundirse en la soledad. Debemos aprender a gritar a Dios desde las contradicciones, los conflictos y los problemas de la vida.
Al final, el Señor le respondió al profeta Habacuc, pero no ofreciéndole una solución mágica a los problemas, ni ahorrándole esfuerzos por seguir luchando. Le respondió con unas misteriosas palabras que lo invitaban a esperar y a confiar. Escuchemos el texto:
“El Señor me respondió y me dijo: Escribe la visión que te he manifestado, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido. Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará. Si se tarda, espérala, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe” (Hab 2,2-4).
El profeta, testigo directo del curso de la historia, recibe del Señor ahora la invitación a contemplarla desde una perspectiva distinta, con la garantía de que el mal y la injusticia jamás prevalecerán. Dios promete intervenir y hacer justicia, asegurando que el opresor y el tirano desaparecerán por completo, sin dejar huella en la historia. Además, le pide al profeta que ponga por escrito esta promesa como evidencia de su fidelidad:
“El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe” (Hab 2,4).
Llegará el momento en que queden silenciadas para siempre las lenguas cínicas y las armas criminales de los tiranos arrogantes. Un día terminarán derrotados. Este momento llegará, le dice el Señor a Habacuc y, si tarda, “espéralo, pues llegará sin falta” (Hab 2,3). Esperar no es fácil, porque esperar no es dejar que las cosas ocurran, sino confiar en la promesa del Señor y colaborar con Él para que ocurran los cambios históricos. Lo que se le pide a Habacuc es que tenga fe en la promesa de Dios.
También el evangelio de hoy habla de la fe. Los discípulos le piden a Jesús que les aumente la fe (Lc 17,5). En modo sorprendente Jesús les responde que no necesitan una fe enorme, sino que incluso la más pequeña, como un grano de mostaza, puede lograr cosas que parecen imposibles, como arrancar un árbol y trasplantarlo en el mar (Lc 17,6). Una fe pequeña y humilde es capaz de cambiarnos la vida, darnos una nueva mentalidad y dinamizar nuestro compromiso por la justicia. Es cuestión de calidad, no de cantidad.
La fe que necesitamos no es una fe extraordinaria y milagrosa, sino una fe que en nuestra fragilidad nos haga sentir mayor necesidad de Dios, que en nuestra pequeñez nos haga vivir con mayor confianza en Él, que nos lleve a abandonarnos y confiar en el Señor cada día más intensamente. Los creyentes no debemos desanimarnos nunca ante lo que parece imposible.
Suscríbase a nuestro Canal de YouTube
Por la fe en el Señor, los creyentes nos volvemos “siervos inútiles”. “Inútil” no significa que alguien no sirve para nada, que es incapaz. La palabra griega del texto designa a personas que no esperan ninguna utilidad para ellos, que no buscan ninguna ventaja, que viven sin pretensión de protagonismos estériles, que no tienen necesidad de nada sino de ser ellos mismos y no buscan nada más que servir con amor a los demás. Esa es la fuerza de la fe que el Señor pidió al profeta Habacuc, a sus discípulos y a nosotros hoy.
Dejemos que nuestra vida sea iluminada y sostenida por la fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza. La fe no nos conduce a desentendernos y dejar todo en manos de Dios, sino que nos da la valentía para denunciar el mal y no resignarnos jamás a la injusticia. Tomémonos en serio la historia, no nos acostumbremos a la opresión del pueblo y al sufrimiento de las víctimas. Luchemos con esperanza, sin cansarnos nunca, sin ponernos zancadillas y sin caer en el pesimismo. Dios nos asegura el triunfo del bien y de la justicia. Bastan un puñado de corazones humildes y solidarios, un granito de fe y ojos nuevos de esperanza.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

Facebook Comments