No se puede servir a Dios y al dinero

Monseñor Silvio José Báez medita sobre la parábola del administrador deshonesto y recuerda que las riquezas deben usarse para el bien común y la fraternidad.

Mons. Silvio José Báez
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Monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua, durante la misa que presidió este 21 de septiembre en la Parroquia Santa Agatha en Miami. Captura de video

HOMILÍA DEL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Miami, 21 de septiembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo hemos escuchado una parábola de Jesús, que nos habla de un hombre rico que tenía un administrador que manejaba en modo deshonesto sus negocios (Lc 16,1-8). El patrón lo supo y decidió pedirle cuentas, amenazándolo con echarlo de su puesto (v. 2). Al verse en un callejón sin salida, el administrador “se puso a pensar” ­–dice el evangelio–, se detuvo y reflexionó para encontrar una solución, diciendo: “¿Qué voy a hacer ahora?” (v. 3).

Comenzó reconociendo sus propios límites: “No puedo cavar la tierra, pedir limosna me da vergüenza” (v. 3). Luego actuó con astucia, diciendo: “Ya sé lo que haré para que algunos me reciban en sus casas cuando me quede sin trabajo” (v. 4). Entonces, comenzó a llamar a los deudores del patrón y les redujo las deudas que tenían con él, incluso perdiendo la parte de la comisión personal que le correspondía a él en cada caso. De este modo, aun perdiendo algo de su propio dinero, intentó ganarse la amistad de los deudores de su patrón.

Lo que la parábola alaba en este hombre no es su modo de actuar deshonesto, sino el modo en que logró salir de la dificultad. Decidió usar su riqueza para construir nuevas relaciones, dejó de mirar al dinero y comenzó a mirar a las personas e intenta ganar amigos. Cambió su relación con el dinero e invirtió su significado: convirtió los bienes materiales en una herramienta de amistad. Dejó de servir al dinero y comenzó a servirse del dinero.

La parábola quiere que tomemos consciencia de que en esta vida todos somos administradores, no dueños de los bienes y riquezas que solo pertenecen al Señor. Lo que somos y tenemos y los recursos naturales de la tierra son bienes que debemos administrar con responsabilidad y sabiduría para construir relaciones y hacer el bien, no para enriquecernos a nosotros mismos, hacer el mal o crear estructuras injustas y opresivas. Un día dejaremos este mundo y Dios nos pedirá cuenta de cómo hemos utilizado el dinero, como hemos cuidado de la tierra, qué uso hemos hecho de nuestro tiempo, de nuestras cualidades, de todo aquello que constituyen las riquezas que Dios nos ha dado.

Las riquezas pueden llevar a dividir, dañar, hacer sufrir, crear discriminaciones y provocar divisiones. Pensemos en los dictadores de algunos de nuestros países, que, actuando en la oscuridad y sin ningún escrúpulo moral para enriquecerse a costa de lo que sea, poseen la malévola astucia de aquellos que Jesús llama “los que pertenecen a este mundo. (v. 8). No olvidemos que la raíz de la problemática de América Latina no es principalmente de carácter político, sino moral. Nuestros pueblos sufren a casusa de la ambición desmedida e inmoral de las cúpulas de poder que rinden culto al dinero, no importando si tienen que sacrificar a los seres humanos o al pueblo entero, con su dignidad, sus libertades y su futuro.

Estas personas inescrupulosas e inmorales se enriquecen a través de descarados actos de corrupción, acumulando cada vez más dinero para ellos y sus familias; confiscan ilegalmente terrenos y propiedades, se imponen por la represión y conceden ilegalmente concesiones para la extracción de recursos naturales del país a potencias extranjeras, empobreciendo a su propio pueblo y poniendo en riesgo la soberanía nacional. Esta gente inmoral y malvada vive conspirando día y noche y muchas veces nos llevan la delantera planificando con tiempo y detalladamente sus planes criminales. Por eso, Jesús nos dice hoy con cierta ironía: “Los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clases que los hijos de la luz” (v. 8)

Jesús contrapone a esos “hijos del mundo”, del mal y de la inmoralidad, a aquellos “que pertenecen al mundo de la luz” (v. 8). Sus discípulos, nosotros. Con la parábola nos propone como modelo al administrador deshonesto, no para que imitemos sus actos reprobables, sino para que aprendamos de su astucia dejándonos iluminar por el Evangelio. Jesús nos invita a saber transformar nuestros bienes y riquezas en relaciones, quiere que nos demos cuenta de que valen más las personas que las cosas y que los seres humanos cuentan mucho más que las riquezas que se poseen.

El uso de nuestras riquezas económicas e intelectuales, de nuestros talentos y de nuestro tiempo, no debe ser usado simplemente para ser más ricos o adquirir fama, prestigio, sino para crear y promover relaciones humanas, solidarias y justas. A nivel social, vivimos en un mundo polarizado e intolerante, en el que la idolatría del dinero hace que los débiles, los pobres, los migrantes, sean irrespetados y excluidos. Jesús nos enseña el antídoto contra este drama: “háganse amigos con el dinero injusto” (v. 9). La riqueza no debe ser usada solo para provecho personal, para dañar a los más débiles o al servicio exclusivo de los intereses de la propia nación, sino también para ayudar a las personas y pueblos que más necesitan.

Quienes soñamos con sociedades nuevas en la que brillen los grandes ideales de la libertad, la justicia, la paz y la defensa de los derechos humanos, debemos recordar lo que nos dice hoy Jesús en la última frase: “no se puede servir a Dios y al dinero” (v. 13). El gran mal es la idolatría del dinero que ocupa el lugar de Dios y del del ser humano. Hay que servirse del dinero para el bien común, no servir al dinero como si fuera un dios. En lugar de la ambición y la corrupción, revistámonos de sabiduría evangélica creando con las riquezas redes solidarias de ayuda a los más pobres y de colaboración recíprocas para luchar por el cambio social. No pueden ser más astutos los tiranos y corruptos. La represión y la injusticia no pueden ser más fuertes que la verdad y la solidaridad.

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Un día, quienes se han dedicado a cuidar con obsesión de su dinero y a hacerlo crecer en modo enfermizo, aun a costa de sacrificar valores tan altos como la dignidad humana, la promoción social de los pobres, la democracia, la libertad o el futuro de los pueblos, se darán cuenta que han vivido en vano y han arruinado sus vidas. El dinero no es eterno.

En cambio, la parábola de hoy nos enseña que si somos capaces de transformar las riquezas en instrumentos al servicio de la solidaridad, la justicia, la promoción social y la democracia, alcanzaremos la riqueza verdadera que no pasa con el tiempo. El dinero no entrará en el cielo, pero sí las relaciones humanas y las personas a quienes hemos ayudado y sostenido. Por eso, cuando lleguemos a “las eternas moradas” (v. 9), –dice Jesús– seremos acogidos no solamente por Dios, sino también por aquellos con los que hemos compartido y a quienes hemos ayudado administrando bien lo que el Señor ha puesto en nuestras manos.

La parábola de hoy nos invita a no divinizar el dinero y a actuar con inteligencia y sabiduría espiritual. Preguntémonos como el administrador deshonesto: “¿Qué voy a hacer ahora?” (v. 3). Que cada uno encuentre formas inteligencia espiritual para crear relaciones, para hacer el bien a los más débiles, para convertir el dinero un instrumento de amistad. De este colaboramos a que las injusticias se conviertan en amor solidario y cooperamos activamente con la gracia de Dios para hacer un mundo más humano y más fraterno.

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

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El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua. Carmelita Descalzo, fue ordenado sacerdote en 1985. Estudió Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se doctoró en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también fue profesor. En 2009 fue nombrado obispo auxiliar de Managua por el papa Benedicto XVI. Vive en el exilio desde 2019, tras amenazas de muerte, y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor pastoral y su defensa de los derechos humanos.