Queridos hermanos y hermanas:
El texto del evangelio de Juan para la fiesta de la exaltación de santa Cruz inicia mencionando el verbo “bajar”, “abajarse”: “Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre que bajó del cielo” (Jn 3,13). Nuestro Dios es el Dios que se abaja hacia nosotros, porque como dice Santa Teresita: “es propio del amor abajarse”, y es “abajándose que Dios muestra su infinita grandeza”.
Dios pudo haber aniquilado el mal y el pecado del mundo desde arriba, pero en su infinito amor prefirió “abajarse” “dándonos” a su Hijo, “porque –como dice el evangelio de hoy– “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Jesús es el don, el gran “regalo” que Dios ha hecho al mundo, no solo a los cristianos. Cualquiera que se acerque a Jesús y lo acoja en su vida descubrirá con emoción y gozo, la cercanía del Dios bueno y misericordioso.
Jesús pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,30). Anunció y ofreció a todos el perdón y la comunión con el Dios del amor, abriendo la esperanza a una vida que no termina, porque “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él” (Jn 3,17). Nada se perderá: ningún gesto de amor, ninguna generosa fatiga, ninguna dolorosa paciencia. Dios le concederá la eternidad a todo lo que de más bello y bueno llevamos en el corazón.
Jesús bajó a nosotros hasta llegar a las personas más marginadas de la sociedad: los pecadores, los pobres, los enfermos, los olvidados, los alejados, los últimos, de tal modo que nadie se sintiera excluido del amor de Dios. El amor de Jesús fue una profecía contra la exclusión y la injusticia de la sociedad, lo que hizo que muchos se sintieran incómodos y molestos con su palabra y sus acciones, sobre todo los líderes religiosos y la gente poderosa de su tiempo, quienes continuamente lo acecharon, lo persiguieron y lo rechazaron.
Finalmente, tras ser traicionado, sufrió un juicio injusto y fue condenado a morir en la cruz. Quien había bajado del cielo, bajó por amor hasta el infierno humano más terrible, “se humilló hasta la muerte y por obediencia aceptó la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2,8), el castigo más horrendo y doloroso de la época destinada a los más peligrosos delincuentes. Su muerte en la cruz fue la consecuencia inevitable de su pasión por Dios y su compasión por los hombres.
Aquel madero inicuo de tortura y de muerte, acogido con infinito amor a la humanidad, fue convertido por el Hijo de Dios, de instrumento de muerte en instrumento de vida, mostrando así que nada puede separarnos de él y que su caridad es más grande que nuestro pecado (León XIV, Angelus 14.9.25).
En la cruz Jesús grita silenciosamente el amor de Dios. Prefiere pasar por condenado, antes de condenar. En la cruz Jesús nos revela que Dios no está dispuesto a destruir a los injustos y malvados, ni quiere vengarse de los pecadores. En el Crucificado contemplamos un Dios encarnado en nuestros sufrimientos, que llora en nuestras lágrimas y nos consuela en nuestras penas y desgracias.
La fe cristiana está fundada en un doble acto de amor, el de Dios que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16), y el amor del Hijo eterno, revelado en la tragedia dolorosa acaecida fuera de los muros de Jerusalén, en el Calvario. En aquel cuerpo destrozado, desfigurado por la tortura, está la belleza que salva al mundo. Porque es bella la persona que ama, y es bellísimo quien ama hasta el extremo. Por eso en la cruz de Jesús se revela la belleza auténtica, la única digna de ser acogida y amada porque es eterna.
“La cruz no es un símbolo que recordar, sino una realidad que vivir; no es un obstáculo para superar, sino un puente sobre el cual caminar; no es un objeto para contemplar, sino un abrazo para recibir; no es una derrota que lamentar, sino una victoria que celebrar” (R. Cantalamessa).
La cruz del Señor no es solo la del viernes santo, sino la cruz de la maldad y la injusticia humana que se prolonga en la historia. El Señor Crucificado sigue sufriendo en los calvarios del mundo: allí donde mueren los inocentes a causa de la guerra, donde se irrespeta la libertad y la vida de las personas, en los pueblos oprimidos por poderosos desquiciados y en las sociedades empobrecidas a causa de la injusticia. Jesús sigue clamando y sufriendo en las personas y los pueblos crucificados. Acercándonos a los últimos del mundo, escuchando el grito de las víctimas y siendo solidarios con sus exigencias de justicia, acogemos a Jesús. Llorando con quien llora y siendo compasivos con quienes sufren, entramos–como decía Santa Teresa de Jesús– a formar parte del “bando del Crucificado” (Carta 9.5.1577).
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La cruz gloriosa del Señor, inicio de la resurrección, que es el triunfo del amor sobre el pecado y la muerte, renueva nuestra esperanza. En la cruz “Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él. La Cruz nos habla de la fe en el poder de este amor, a creer que en cada situación de nuestra vida, de la historia, del mundo, Dios es capaz de vencer la muerte, el pecado, el mal, y darnos una vida nueva, resucitada. En la muerte en cruz del Hijo de Dios, está el germen de una nueva esperanza de vida, como el grano que muere dentro de la tierra” (Benedicto XVI, Viernes Santo 2012).
Vivamos con la alegría de saber que somos amados y perdonados por Dios. Que la fuerza salvadora de Jesús nos sostenga en medio de las oscuridades y dolores de la vida. No perdamos la esperanza ni nos desanimemos jamás. Volvámonos abrazo para quienes buscan consuelo en su soledad, mano tendida hacia quienes pasan necesidad, seamos voz de los que no tienen voz y luchemos sin desanimarnos por lograr una convivencia humana basada en el amor, la verdad y la justicia.
Que el poder redentor de la cruz nos impulse a ser constructores de esperanza, sembradores de justicia y portadores de paz. ¡Amén!
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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