En las montañas del norte de Nicaragua permanece un enigma que durante décadas ha despertado la curiosidad de investigadores y lugareños: la existencia de familias completas con rasgos sajones y celtas, de piel clara, ojos azules y cabellos rojizos.
El escritor e historiador matagalpino Eddy Kühl Aráuz aborda el misterio de los rubios segovianos en su libro Matagalpa y sus gentes. Allí describe que estas familias habitan caseríos rurales de Nueva Segovia, Madriz, Jinotega y Matagalpa.
Su vida cotidiana transcurre entre la agricultura, el café y la ganadería en pequeña escala, en viviendas de adobe o madera semejantes a las del resto de la población campesina. “Lo que las hace únicas —escribe Kühl— son sus rasgos físicos de cutis blanco, ojos claros y cabellos que van del rubio al rojo”.
Pacsila, una población singular
Entre las comunidades donde sobresalen estas características está Pacsila, un valle situado a unos 15 kilómetros al norte de la ciudad de Matagalpa, en dirección a Jinotega.
El sacerdote jesuita Manuel Otaño, originario del País Vasco en España, afirmaba que los pacsileños constituían un grupo étnico diferente, posiblemente descendiente de ingleses o piratas que llegaron a la región en el siglo XVII. Señalaba que, aunque llevaban apellidos ibéricos como Castro, Montenegro o Zeledón, su aspecto físico no coincidía con el de los españoles, lo que sugería una ascendencia distinta.
Kühl describe que los pacsileños viven en minifundios, levantan casas sencillas decoradas con esmero y mantienen vivas tradiciones musicales como las polcas y mazurcas interpretadas en pequeños conjuntos. Su economía combina el cultivo de maíz, frijoles, papas, flores y hortalizas con la crianza de vacas, mulas, cerdos y gallinas, además de la producción artesanal de cuajadas. La comunidad suele mostrar independencia y conservar cierto aislamiento respecto al resto de la población.
Teorías sobre el origen
El tema de los rubios segovianos ha inspirado distintas interpretaciones. En 1874, el naturalista inglés Thomas Belt propuso que los habitantes de cabello claro y ojos azules de Matagalpa y Las Segovias descendían de aventureros europeos —ingleses u holandeses— que atravesaron Nicaragua en el siglo XVII y que encontraron refugio en estas montañas tras los ataques de piratas y bucaneros.
Otra hipótesis provino del investigador Jurgen Kitzing, quien explicó que los pueblos de la península ibérica se mezclaron con los visigodos, tribus germánicas que llegaron a España en el siglo V. Según Kitzing, los descendientes de esos visigodos en el norte de España tenían una complexión más blanca, y esa característica pudo transmitirse a quienes más tarde se asentaron en las Segovias.
Del misterio a la celebración
El tema de los rubios y pelirrojos segovianos también conecta con una fiesta mundial: el Día Internacional del Pelirrojo, celebrado cada 7 de septiembre.
Esta conmemoración comenzó en 2006, cuando un fotógrafo de Países Bajos convocó a través de un anuncio a las personas pelirrojas para reunirse en la ciudad de Breda. La convocatoria tuvo tanto éxito que desde entonces cada año miles de personas participan en el encuentro, que exalta la diversidad genética y cultural.
En el mundo, solo 1 de cada 100 personas tiene el cabello rojo, aunque en Escocia el porcentaje alcanza el 13% y en Irlanda el 11%. En Nicaragua, en cambio, la presencia de familias de cabello rojizo en las montañas de Matagalpa y Las Segovias continúa despertando curiosidad.
Los prejuicios contra las personas pelirrojas tienen raíces antiguas. Historiadores explican que el ejército romano se enfrentó con pueblos de cabello rojo en el noreste de Europa, considerados adversarios fieros. De ahí surgió la expresión del “orgullo rojo”. Lo que en el pasado alimentó burlas y exclusiones hoy se reivindica como diversidad y riqueza cultural.
“Es un reto para los antropólogos y sociólogos descubrir de dónde vienen estos habitantes que viven en estas regiones todos en Las Segovias”, concluye Eddy Kühl Arauz.

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