HOMILÍA DEL XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Miami, 7 de septiembre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo relata que cuando Jesús se dirigía a Jerusalén, “caminaba con él una gran muchedumbre” (Lc 14,25). Al ver que le seguían Jesús se volvió y les dirigió unas palabras que dan la impresión de que intenta más bien desanimarlos. Pero, no. Jesús habla así para hacernos comprender a todos que no basta la buena voluntad o el entusiasmo religioso para ser sus discípulos. Jesús quiere ser realista. Nadie debe comprometerse a seguirlo sin reflexionar; no basta con el impulso o los sentimientos. Aquí, querer no siempre significa poder.
A Jesús no le interesaba la popularidad, ni la cantidad de seguidores ¡Qué distinto es Jesús a los líderes populistas, que pronuncian discursos exaltados con los cuales solo pretenden ganar adeptos! ¡Qué distinto es Jesús a los políticos que se autoproclaman la voz de los pobres y manipulan las encuestas para aparecer populares! ¡Qué distinto es Jesús a los políticos que se aprovechan de las necesidades de la gente, ofreciéndoles incentivos económicos o engañosos privilegios para asegurar su sumisión y su silencio ante sus abusos y atropellos!
Jesús es realista, honesto y nos respeta, porque nos ama. Por eso, nos invita a seguirlo de manera responsable y consciente. Quiere que comprendamos y recordemos siempre las exigencias que conlleva ser sus discípulos. Lo primero que Jesús nos dice es que quien ame a su familia y a su propia vida más que a él, “no puede ser su discípulo” (cf. Lc 14,26); luego, nos dice que quien no cargue con su cruz y lo siga, “no puede ser su discípulo” (Lc 14,27); y, finalmente, sin quitar dureza a sus palabras, nos dice que quien no renuncie a todo lo que posee, “no puede ser su discípulo” (Lc 14,33). Hay que tener claro lo que significa ser discípulo de Jesús.
Jesús nos recuerda que nadie puede ser su discípulo si ama a su familia más que a él (cf. Lc 14,26). Jesús no pretende destruir las relaciones familiares, ni competir con nuestros afectos más entrañables. Lo que nos recuerda es que la familia no debe ser un obstáculo para seguirlo. A veces la familia puede volverse un entorno cerrado, asfixiante y egoísta, que limita o impide seguir a Jesús. La familia debería más bien ayudarnos a vivir con alegría la fe en Jesús y a ser sensibles ante los problemas del mundo y el dolor ajeno. Para el cristiano, lo primero no es la familia, sino el amor a Jesús, quien con su amor nos ayudará a vivir mejor la vida familiar.
Tampoco las cosas que poseemos deben absolutizarse a tal punto que se conviertan en otro obstáculo para seguir a Jesús: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33). No se trata de botar todo a la basura. No. Jesús solo nos recuerda que para ser discípulo suyo hay que tener el corazón libre de ataduras materiales y ambición de riqueza. Si queremos ser discípulos suyos debemos ir por la vida ligeros de equipaje y con un corazón generoso para compartir con los que menos tienen. Hay que abandonar la lógica de la posesividad y entrar en la lógica del don y la generosidad.
Suscríbase a nuestro Canal de YouTube
Jesús nos recuerda también que seguirlo no es una opción fácil. Es muy claro: “El que no cargue con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27). Todos sabían que la cruz era un doloroso y humillante instrumento de suplicio que padecían los condenados. Seguir a Jesús es arriesgar la propia vida y exponerse por ser fiel a él. A Jesús solo pueden seguirlo las personas libres, capaces de comprometer la propia vida hasta las últimas consecuencias.
Cuando Jesús menciona la “cruz”, no se refiere al sufrimiento o a los problemas de la vida. Ni tampoco a hacer sacrificios, mortificarse o buscar el dolor como algo deseable. Para Jesús, cargar la cruz es salir de la lógica que me hace sentir que el centro del mundo soy “yo” y entrar en la lógica del amor y de la generosidad. Tomar la cruz es vivir para hacer felices a quienes viven con nosotros. La cruz representa el amor humilde y auténtico. Es el precio de amar como Jesús, que redimió la crueldad con el amor y la mentira con la verdad. La cruz es el precio del amor.
Cargar la cruz significa sobre todo dar testimonio del Evangelio sin desanimarse ante las dificultades y persecuciones, no callando la verdad ante las injusticias ni queriendo congraciarnos con quienes ostentan el poder. Cargar la cruz es solidarizarse con los pobres y las víctimas y luchar por su dignidad y sus derechos. Es luchar por un mundo más digno y una Iglesia más evangélica. Tomar la cruz es estar dispuesto a ser crucificado con tal de bajar de la cruz a los crucificados de hoy.
Las dos parábolas del evangelio de hoy comparan el ser discípulo de Jesús con construir una torre o ir a una batalla (Lc 14,28-2). Ambas empresas requieren reflexión y preparación para evitar el fracaso. Lo mismo ocurre para seguir a Jesús. Hay que “sentarse”, orar, discernir y reconocer nuestros límites. Hay que pedir orientación espiritual si fuera necesario para superar nuestras debilidades y miedos con la fuerza de la palabra de Dios, los sacramentos y el consuelo de la comunidad.
No es fácil seguir a Jesús, pero sí es posible cuando sabemos que es un don y no un fruto de nuestro esfuerzo. Jesús nos llama siempre con su amor. Llegamos a ser sus discípulos cuando volvemos nuestra mirada a él y permitimos humildemente que su amor nos fortalezca, nos consuele y nos transforme. Son inolvidables sus palabras: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Jn 15,16); “separados de mí, no pueden hacer nada” (Jn 15,5).
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.Obispo Auxiliar de Managua

Facebook Comments