En San Rafael del Norte, Jinotega, la memoria popular conserva una de esas leyendas que atraviesan generaciones. El maestro, periodista y abogado Alberto Rivera Monzón, reconocido en su pueblo también por su carisma para tocar guitarra y escribir poesía, compartió en redes sociales la imagen del Cerro del Castillo. En la descripción escribió que en las escrituras aparece con ese nombre, aunque precisó que los habitantes de la zona lo llaman también Cerro de los Muertos, “según la popular leyenda de Los Compadres”.
Rivera recordó que entre 1923 y 1935 estuvo en San Rafael como párroco el padre Alejandro Mejía, “quien unió en matrimonio al General (Augusto C.) Sandino y a nuestra coterránea, Doña Blanca (Aráuz)”.
El sacerdote, añade, fue propietario del inmueble conocido como El Castillo, que luego vendió a don Pedro Aráuz y más tarde pasó a manos de su yerno, don Carmen Úbeda. “¿Saben por cuánto?… ¡¡Por treinta córdobas!!”, relata Rivera Monzón.

Además, apunta la tradición oral que sostiene la fama de este sitio. “La leyenda nos dice que en las cercanías del cerro había dos compadres, tan delicados que por cualquier razón o palabra mal entendida, por una mala mirada, ¡¡TERMINABAN PELEÁNDOSE!!”.
La costumbre de enfrentarse fue tan marcada que, de acuerdo con el relato de Rivera Monzón, “después de muertos, en las noches oscuras se aparecían en la falda del cerro, convertidos en dos grandes luces que se chocaban con gran fuerza y desde el pueblo se miraba el chisperío que se desprendía del choque de las luces”.
Rivera añadió que vecinos y líderes religiosos rezaron “porque esas almas que equivocaron el camino del amor descansen en paz”.
Y hasta la fecha, algunos pobladores de San Rafael del Norte sostienen que “se ven las luces chocando una contra la otra”, finaliza Rivera Monzón.
La versión en Jinotega
La ciudad de Jinotega conserva una versión parecida, registrada por el médico jinotegano Simeón Rizo Gadea en su libro Nicaragua en mis recuerdos.

Él relató que, cerca del panteón, en las faldas del cerro La Montañita, “se veían ciertas noches, luces como de un metro de altura, que empujadas por el viento parecían chocar entre sí”.
Según la tradición relatada por Rizo Gadea, “eran dos hermanos que, habiéndose quitado la vida por pleitos de herencia, salían en forma de luces a continuar la disputa; esto hacía que personas unidas por vínculo fraternal, trataran de mantener la mayor armonía para no aparecer como luces y ser castigados a pelear después de muertos”.
Agrega: “El mismo fenómeno (fuegos fatuos) se notaba en el mes de junio en el Llano Grande, zona rural a unos doce kilómetros al norte de Jinotega, debido sin duda a la mayor mortalidad de animales en abril y mayo, por la escasez de pasto en tales meses de finales de verano. Pero aquí, los campesinos se llenaban de temor; creían que eran almas, como la de los hermanos en discordia, que salidas del purgatorio andaban penando. Cerraban sus puertas con grandes trancas y cantaban: ‘Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos de la peste y todo mal’. Ambos fenómenos con el tiempo desaparecieron, en el cementerio de Jinotega, cuando los cadáveres fueron sepultados a mayor profundidad y en el Llano Grande cuando la mortalidad de animales disminuyó con el mejoramiento de potreros y manejos del ganado”.
Otra versión en Madriz
En Somoto, Madriz, otra versión recogida por Alba Myriam Sánchez Cuadra en un blog llamado Nicaragua de mis recuerdos, aporta detalles distintos.
Allí los compadres trabajaban juntos una parcela. Una noche de serenata y cususa, la fiesta se convirtió en pleito y ambos terminaron asesinándose a machetazos en el cerro.
La tradición sostiene que, en mayo, el mes de la tragedia, reaparecen dos bolas de fuego que brincan en la montaña, y que la hierba no volvió a florecer en aquel “cerro maldito”.
Los relatos cambian el escenario, el origen del conflicto o la forma en que la gente explica el fenómeno, pero todos coinciden en una advertencia que resuena hasta hoy en el norte de Nicaragua: los pleitos sin reconciliación en vida se convierten en condena después de la muerte.

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