En una comunidad de San Dionisio, en Matagalpa, vive Marta, de 25 años, ella se casó con Elías hace tres años y se fueron a vivir con los padres de él. La casa era amplia, de bloques, un parte de adobe y techo de zinc, un bonito jardín con un patio grande, pero lo que no había era un espacio para dos mujeres con autoridad.
La decisión de quedarse en casa de los padres del esposo, al principio parecía buena idea. La madre de Elías los recibió con afecto, pero con el tiempo aparecieron las incomodidades entre suegra y nuera.
Marta quería tomar decisiones en la cocina, en la limpieza, en la crianza de su hijo, en cómo manejar la relación con su esposo… pero siempre había una corrección, una mirada, un “así no se hace…” de parte de su suegra. Poco a poco la joven comenzó a sentirse limitada hasta en su propia vida y ajena a la casa donde la había llevado su esposo a vivir.
Elías evitaba conflictos, buscando complacer a ambas. Pero esa situación solo generaba más tensión, y Marta recién casada, se sentía sola, incomprendida y limitada.
Una pareja necesita su espacio propio
Fue hasta después de dos años que tomaron la decisión de comprar al crédito un terreno donde construyeron una casita pequeña de madera y zinc.
El espacio que tienen es pequeño, incomodo, pero es solo de ellos. Cuando se recién pasaron, por primera vez, discutían sin sentirse observados, escuchados. Empezaron a vivir como pareja. Ahora se equivocaban, pero aprenden juntos. Las interrupciones de terceros ya no están.
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La historia de esta pareja en San Dionisio no es única. En muchas zonas rurales y urbanas del país las parejas jóvenes, por necesidad o costumbre, viven bajo el mismo techo de los padres.
Moraleja: Es mejor tener un espacio propio, o alquilar al principio de la relación. El amor necesita intimidad, no supervisión; por eso existe el famoso dicho “el casado casa quiere”.

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