Por siglos, el maíz ha sido el corazón de Mesoamérica. Tortillas, tamales y elotes forman parte de la mesa diaria y de la identidad cultural de millones. Sin embargo, hace nueve mil años, ese cereal no existía. En su lugar, una planta silvestre llamada teocinte —también conocida como teosinte o teocintle— comenzó un proceso de transformación junto a los pueblos originarios.
El ancestro que casi nadie reconocería
En los valles del suroeste de México, los primeros agricultores observaron al teosinte. Logan Kistler, investigador del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian Institute, cuenta que esa planta “era tan diferente del maíz moderno que a primera vista cuesta relacionarlas”.
Las mazorcas de aquel tiempo eran diminutas. La revista Arqueología Mexicana describe que medían menos que un dedo meñique y contenían solo unos cuantos granos duros, irregulares y envueltos en una cáscara rígida. Además, la planta no crecía como el maíz actual, de un solo tallo, sino que echaba muchas ramas, cada una con sus propias flores.
Cómo los pueblos originarios transformaron el teocinte
Los pueblos que vivían en la región comenzaron a guardar las plantas con mejores características: mazorcas más grandes, granos más suaves. De esa manera, generación tras generación, fueron moldeando una nueva planta.

“Los campesinos transformaron el teocintle en la planta que hoy conocemos como maíz”, afirma el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT). Uno de los cambios más importantes ocurrió cuando el grano perdió su cáscara protectora. Ese detalle, según explica la revista Arqueología Mexicana, obligó al maíz a depender de los seres humanos para sobrevivir, porque dejó de dispersarse solo.
Los científicos han demostrado después que la relación entre las dos plantas sigue siendo muy cercana. El libro El Maíz en los Trópicos documenta que el maíz y el teosinte todavía pueden cruzarse y producir descendencia fértil.
El nacimiento del maíz en México y Centroamérica
Arqueólogos y botánicos coinciden en que la domesticación comenzó hace unos 9,000 años en los valles de Tehuacán y del río Balsas, en México. En Coxcatlán, Puebla, hallaron restos de mazorcas que datan de aproximadamente ocho milenios, según el libro Historia y Cultura del Maíz.
La subespecie Zea mays subsp. parviglumis, que aún crece en la cuenca del Balsas, es la más cercana al maíz cultivado. La revista Arqueología Mexicana asegura que este descubrimiento “fundó las culturas de épocas posteriores”, porque permitió a los grupos nómadas quedarse en un lugar, sembrar y construir aldeas que después se convirtieron en ciudades.
Un viaje inesperado de ida y vuelta
En 2020, un equipo de investigadores dirigido por Logan Kistler estudió tres mazorcas encontradas en el refugio rocoso El Gigante, en Honduras. Los análisis mostraron que estas mazorcas de 2,000 años tenían una parte de su ascendencia en Sudamérica.
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Kistler explica que ese hallazgo demuestra que los pueblos antiguos no solo llevaron maíz de México hacia el sur, sino que también regresaron con nuevas variedades. Ese intercambio genético fortaleció y diversificó el cultivo.
El salto de la nixtamalización
Miles de años después, los olmecas dieron otro paso decisivo. Ellos inventaron la nixtamalización, un proceso que consiste en cocer el maíz con agua y cal.
La revista Arqueología Mexicana explica que este método aumentó el contenido de calcio, mejoró el sabor y liberó la vitamina B3 que el cuerpo no podía absorber. Esa técnica salvó a los pueblos mesoamericanos de una enfermedad conocida como pelagra, mucho antes de que la ciencia entendiera por qué.
El maíz se expande por el continente y el mundo
Desde Mesoamérica, el maíz se extendió hacia Sudamérica hace más de siete mil años y, hacia el norte, alcanzó lo que hoy es Canadá alrededor del año 1000 d.C., según datos recopilados por la revista Arqueología Mexicana.
Cuando Cristóbal Colón llegó a Cuba en 1492, vio el maíz por primera vez. Los taínos lo llamaban “mahís”, que significa “lo que sustenta la vida”. Los europeos descubrieron que este grano producía mucho más que el trigo y lo llevaron rápidamente a España, África, Asia y Oceanía.
Un cultivo que sigue marcando a la humanidad
Hoy el maíz domina los campos de todo el planeta. Su productividad, su resistencia y su capacidad de adaptarse a diferentes climas lo convierten en el cereal más cultivado del mundo.
En Bolivia, por ejemplo, mujeres campesinas del valle de Cochabamba cuidan hasta 13 variedades nativas. Un estudio reciente sobre Historias de maíz documenta cómo ellas mantienen viva una tradición de conocimiento agrícola que pasa de generación en generación.
De teocinte a cultura
El teosinte, llamado también teocinte o teocintle, dejó de ser una hierba silvestre y se convirtió en el maíz. Y el maíz se convirtió en alimento, en cultura y en símbolo.
Como resume Logan Kistler, del Smithsonian Institute: “La historia del maíz es la historia de la interacción entre la naturaleza y las personas”.

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