Cada mañana, doña Chavela salía con el primer canto del gallo, cruzaba su patio de tierra suelta y bajaba por una pendiente que conducía al viejo pozo comunitario en un municipio de Matagalpa. Sobre sus hombros cargaba un palo resistente, del que colgaban dos baldes de aluminio. Uno estaba entero y brillante, como nuevo. El otro tenía una grieta visible de arriba a abajo, y con cada paso dejaba escapar un chorrito de agua.
Durante años, nadie comentó nada. Pero un día, su nieto Marvin, de apenas 10 años, decidió seguirla en silencio. Observó todo con atención: el esfuerzo de su abuela, el peso de los baldes, el goteo constante del que estaba dañado.
Al regresar a casa, con la frente sudorosa y las manos polvorientas, doña Chavela dejó los baldes junto a la pila. Marvin no aguantó la curiosidad.
—Abuela, ese balde ya no sirve. ¿Por qué no lo botás?
Ella sonrió con calma, se agachó para amarrarse el refajo y le hizo una seña para que la acompañara de nuevo por el mismo sendero.
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Esta vez caminaron más lento. En el borde del camino, Marvin notó por primera vez que crecían flores de distintos colores: moradas, amarillas, blancas.
—¿Ves estas flores? —le dijo doña Chavela—. Yo las sembré. Todas crecen del lado del balde rajado, porque cada vez que bajo por aquí, él va regando sin querer. El otro balde es perfecto, sí… pero no hace florecer nada.
Marvin guardó silencio. Por primera vez comprendió que incluso algo roto podía tener un propósito. Desde ese día, cada vez que veía una flor en medio del polvo, pensaba en el balde de la abuela, en la grieta… y en la lección que ella le dejó:
No hay que avergonzarse de nuestras debilidades. A veces, por ahí se escapa lo mejor que tenemos para dar.
* Adaptación de Mosaico CSI para fines reflexivos y formativos

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