Oyanka, la princesa que se convirtió en montaña

Cuatrocientos años han pasado. Oyanka se ha convertido en piedra y está a la vista de sus pueblos. Sébaco, El Guayabal, La Trinidad, Chagüitillo, Carreta Quebrada y de generaciones que vendrán en el futuro, en una perenne... y quizás eterna espera.

Oyanka Dibujo Eddy Kühl
Oyanka, la princesa que se convirtió en montaña. Mosaico CSI/ Ilustración de Eddy Kühl Aráuz

Allá por 1550 en el Valle de Sébaco, cuyo nombre significa Mujer Serpiente, a orillas de la laguna Moyoá, habitaba una nación de indios matagalpas bajo el liderazgo del cacique Yamboa, padre de la princesa Oyanka. Su principales oficios eran la agricultura, caza y pesca; conocían a perfección el cultivo del maíz, cacao, y el tabaco, de algunas plantas silvestres obtenían la yuca, el tamarindo y distintas frutas para su dieta diaria.

Entre los animales que cazaban para comer estaba el pavón, codorniz, guatusa, guardatinaja y el venado.

De los metales solamente trabajaban el oro por su ductilidad y belleza. Habían encontrado yacimientos de este bello metal en una cueva en las montañas cercanas al norte del poblado, se cree que esta comunicaba una cueva a orillas del Río Grande con una cueva cerca de La Trinidad (departamento de Estelí), ellos guardaban el secreto, especialmente cuando se percataron que los españoles lo buscaban con desenfrenada ambición.

Incursiones de soldados de la corona española empezaron a llegar por esa región. El cacique los recibió bien, mientras tanto, los soldados descubrieron que algunas indias relacionadas con el cacique lucían collares con grandes pepitas de oro tan grandes como las semillas de tamarindo. Pronto consiguieron algunas pepitas con halagos y otras a cambio de telas vistosas y otros objetos como cuchillos de hierro.

“Tamarindos reales”

El cacique hizo varios presentes de grandes cantidades de tamarindos de oro al rey de España. La leyenda habla de varios zurrones de cuero llenos con 20 quintales de oro. Por esa razón a estos les decían también tamarindos reales.

Este regalo no hizo más que despertar la ambición de los conquistadores, quienes la próxima vez llegaron agresivos y pusieron un resguardo o guarnición de soldados muy cerca del poblado. Los indios resintieron y hubo algunas escaramuzas en que murieron indios y soldados.

Mientras tanto, en Córdoba, España, vivía una familia, cuyo padre Joseph Lopes de Cantarero, teniente de la armada española, había sido enviado a la provincia de Nicaragua, y reportado muerto en una región llamada Cihuacoatl en un combate con los indios del lugar. La noticia tardó en llegar varios meses a la península.

El joven Joseph

Cuando la viuda María de Albuquerque recibió la noticia su hijo José tenía apenas trece años de edad. Como ella no veía porvenir sin la ayuda del salario del padre decidió llevar a su hijo al convento de los padres franciscanos que estaba allí cerca, habló con fray Domingo y logró que admitieran a Joseph para que estudiara y se convirtiera más tarde en un sacerdote.

Joseph, muchacho simpático como listo, aprendió durante esos años latín, geografía, historia, oratoria, cánones sagrados y teología. Cuando le faltaban solamente unos meses para ordenarse el inquieto joven descubrió que el sacerdocio no era su vocación, era ambicioso, quería ir a conocer el lugar donde su padre había muerto y buscar aventuras en aquella tierra misteriosa llamada en aquel entonces Indias Occidentales.

El viaje

Recordó que cuando él era pequeño su madre le había llevado al puerto de Cádiz a dejar mensajes a su padre cuando éste servía a la corona en la Indias Occidentales. Ya contaba con 19 años, aprovechando una salida que le autorizaron para visitar a su madre le confesó a esta que no volvería al convento y que deseaba hacer algo que siempre soñó, tomaría nuevos rumbos y le prometía que en unos años tendría noticias de él como un hombre de éxito. La madre lloró por un buen rato, pero al final le bendijo y despidió.

Recogió más información acerca de su padre, y en vez de regresar al convento se dirigió al puerto de Cádiz, allí buscó un barco que viniera a América.

Encontró uno que viajaba a Cartagena de las Indias, convenció al capitán que él era un fraile que podía acompañar a la nave para darles a los marineros los servicios religiosos y la protección del Señor en el viaje.

Llegada a Nicaragua

José se embarcó hacia el Nuevo Continente. Llegado a Cartagena, después de unas semanas tomó otro barco de vela hasta un pequeño puerto llamado David, cruzó el Istmo del Darién hasta la ciudad de Panamá. Allí tomó un barco que venía al puerto de la Posesión de El Realejo en la pequeña provincia de Nicaragua.

Llegado a León estuvo allí algunos meses. Ya para entonces había guardado sus hábitos y cumplido los veinte años de edad. Preguntó cómo alistarse como escribiente para las guarniciones de soldados que fueran a Sébaco, encontró una que iba para Muimui y se alistó con ellos.

Llegó a Sébaco, allí pidió permiso para quedarse pues era un puerto pluvial más importante en ese corregimiento. Después de ubicarse e investigar la historia y condiciones del lugar, supo que su padre el teniente Joseph Lopes de Cantarero había muerto porque un capitán de apellido Alonso arrebató unas piezas de oro a unas indias, los indios reaccionaron dando muerte a unos soldados a los cuales el capitán les había ordenado protegerlo, era culpa del susodicho capitán quién por ambicioso había comprometido a su tropa, terminando con la pérdida del teniente y varios soldados.

Investigó Joseph la suerte del capitán, encontrando que había perecido posteriormente por intentar encontrar los yacimientos forzadamente. Joseph mientras tanto trató de hacer amistad con la gente cercana al cacique, siendo un joven astuto y culto supo encontrar la manera de conocer a la hija del cacique, llamada Oyanka.

Conocer a Oyanka

Pasaron algunos meses durante los cuales trató de hacer amistad, aprender la lengua de los matagalpas y de enseñarle a ella el idioma castellano. Como ambos eran jóvenes y agraciados llegaron a enamorase. Ella era de unos 17 años de edad, de tez bronceada, ojos cafés ámbar, de facciones finas, un tanto sensuales y cabello largo muy hermoso. José se enamoró de ella, la primera mujer en su vida, pero no olvidó su propósito por enriquecerse.

Conversando con ella, logró al fin tras un juramento de guardar el secreto, que lo llevara a ver dónde extraía su padre los tamarindos de oro.

Oyanka y Joseph, sin dejarlo saber a nadie caminaron dos horas desde el poblado de Sébaco hacia las montañas del poblado de La Trinidad, una legua hacia el noroeste del poblado, allí había una cueva escondida y secreta. Joseph y Oyanka entraron en la cueva prohibida con una tea de ocote encendida, salieron murciélagos espantados por la luz y abundantes culebras se arrastraron a refugiarse.

Joseph pudo ver ante sí una veta de cuarzo donde notábanse adheridos grandes granos del dorado metal, no podía creerlo, estaban al alcance de su mano, con poco esfuerzo podía desprender lo que parecían grandes botones dorados del tamaño de semillas de tamarindo. Guardó siete de ellas en su bolso, agradeció a su novia, luego apreciaron el bello paisaje del valle y la puesta de sol en las montañas del oeste, ya tarde empezaron a caminar de regreso al pueblo.

Cueva secreta

Mientras tanto el padre de Oyanka inquiriendo acerca del paradero de su hija, al recibir información de la dirección que habían tomado, se figuró que andarían en la cueva secreta.

Disgustado ordenó la captura el atrevido jovenzuelo, y el encierro de la princesita.

No podía eliminar a Joseph por temor a la reacción de los soldados acantonados en Metapa, pero sabiendo de una incursión de los indios caribes por el río que ellos llamaban Kiwaska, pues estos solían atacar de noche llevándose mujeres y niños españoles, adelantándose les envió mensaje ofreciéndoles que no atacaran a su población, en cambio les entregaría pepitas de oro y además a un joven español de muy alta posición cuyo rescate ellos podrían negociar en el futuro con la corona española en Cartagena de Indias. Envió a una avanzada de indios matagalpas a encontrarse con ellos cerca de Muimui e hizo el trato.

Así se deshacía de aquel inoportuno y ambicioso novio de su hija, sin necesidad de eliminarlo.

Sueño eterno

Oyanka, privada de libertad y oyendo que su novio había sido enviado custodiado por indios a un ignoto paradero, se deprimió tanto que no quiso comer más. Afligido, su padre trató de convencerla, pero la enamorada novia le dijo no podía vivir sin Joseph cayendo en un sueño del que no despertaría hasta que su padre hiciera regresar a su joven amante.

Nadie pudo evitarlo. Oyanka se recostó al principio con los ojos abiertos, pensativa, después de varias horas cayó en un sueño que no era de la muerte, porque nunca corrompió su cuerpo, era un sueño del que sólo el regreso de su amado podía rescatarla.

Cuatrocientos años han pasado. Oyanka se ha convertido en piedra y está a la vista de sus pueblos. Sébaco, El Guayabal, La Trinidad, Chagüitillo, Carreta Quebrada y de generaciones que vendrán en el futuro, en una perenne… y quizás eterna espera.

¿Cómo ver a Oyanka?

Oyanka cerro 01
Desde los arrozales en Sébaco, una vista del cerro Oyanka. ARCHIVO/MOSAICO CSI

Si el viajero viene en la carretera asfaltada desde Sébaco a Matagalpa, un poco antes de cruzar el puente de Sébaco, en el horizonte, puede verse el cerro Oyanka, más al fondo, está el cerro La Mocuana. Pero si seguimos viendo hacia la derecha en dirección de la carretera a Matagalpa en el perfil de los cerros puede verse la silueta de la princesa recostada de espaldas, su bella cabeza coronada con un gorro que tiene incrustado una gran piedra de esmeralda, sus desnudos senos, una pierna un poco levantada, la otra pierna como los brazos descansando en el cerro, y su joven vientre levemente pronunciado. ¿Estará encinta?

(*) Leyenda publicada por el autor en el libro Matagalpa y sus gentes

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