Leoncio Sáenz: “El Tigre de Pacsila”

Mosaico CSI
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Leoncio Sáenz
“El Tigre de Paxila”. Homenaje a Leoncio Sáenz. Obra de Carlos Barberena.

Leoncio Sáenz nació el 13 de enero de 1935 en Pacsila, comarca al norte de la ciudad de Matagalpa, donde pasó su niñez. Terminó sus estudios de primaria en el colegio San Luis Gonzaga de Matagalpa. Luego siguió estudios en la Escuela de Bellas Artes en Managua, donde fue discípulo del maestro Rodrigo Peñalba.

Según el historiador Eddy Kühl Aráuz, el matagalpino Leoncio Sánez comenzó como pintor primitivista, pero luego desarrolló su propio estilo, que le dio prestigio internacional.

Pintura

En los años 60 fue miembro fundador del “Grupo Praxis”, fundador también de la “Unión Nicaragüense de Artistas Plásticos Leonel Vanegas” (UNAP) y de la ASTC. Leoncio Sáenz nunca tuvo pelos en la lengua, hablaba alto y claro, y así es su obra: intensa y contestataria.  Le gustaba vestir camisas estilo cotonas con motivos indígenas americanos y usar el cabello largo donde se ponía una pluma de indio para mostrar su acercamiento con esa etnia.

Temáticas diversas

Tocó diversas temáticas, desde obras que representan nuestras raíces, obras testimoniales de resistencia a la conquista española, hasta temas sociales, folclóricos y religiosos.

Pintó ciento de cuadros al óleo y muchos murales en edificios, su estilo de pintura se reconoce al instante, por su originalidad.

“El Tigre de Pacsila”, como le gustaba que le llamasen, fue merecedor de varios premios en los que destaca la “Orden Rubén Darío” en 1988. En 2007 fue nominado por la comisión nicaragüense de la Unesco para el proyecto de declaratoria como Tesoro Humano Vivo.

Falleció el 8 de julio de 2008 en su ciudad natal, Matagalpa y se le ha llamado “Padre de Dibujo Latinoamericano”.

Leoncio La Gigantona
La Gigantona, pintura indigenista de Leoncio Sáenz. Arnulfo Agüero

El 15 de julio de 2006, la periodista Martha Leonor González, de LA PRENSA, publicó una entrevista con Sáenz, mientras este convalecía de una delicada cirugía de cadera practicada ese año en el Hospital Amistad Japón-Nicaragua, de Granada.

A los 72 años, se consideraba un indio auténtico hasta la médula. En entrevista exclusiva para La Prensa Literaria, Leoncio Sáenz habló en pocas palabras de su vida y obra.

¿Usted vivió una infancia feliz?

Fue una infancia feliz, claro. En una vida campesina y muy feliz en Palxila, como todo niño jugando, pintando y corriendo. Y también mi papa nos ponía a hacer algunos oficios para que no fuéramos vagos. Una niñez muy feliz, muy tranquila.

¿Cómo descubre que quiere ser pintor?

De ver libros descubrí que sería pintor. Miraba los libros. En ellos venían ilustraciones y las copiaba y hacía las imágenes con los lápices de colores que mi papá me compraba. Así fui desarrollando el dibujo con más creatividad hasta que sucedió que vino el obispo Calderón y Padilla y me preguntó por mis dibujos y le llevé montones y, bueno, me dijo: jalá para Matagalpa papito y así vino mi estrecha colaboración con la diócesis de Matagalpa. Copiaba las imágenes, las dibujaba, después abandoné eso por un dibujo propio más elaborado y vino a mí el dibujo de los árboles, el campo, los animales, flores, caballos, muchas cosas.

¿En qué momento se descubre como dibujante?

Bueno, a los siete años. Sabía dibujar y vendía los dibujos a las niñas de la escuela.

¿Cómo llega a estudiar pintura profesionalmente?

Un obispo amigo de Matagalpa, vio mis dibujos, me dio una beca para estudiar en un colegio de Matagalpa, después me gané una beca para estudiar en Managua y así fui a estudiar a la escuela de Bellas Artes con el maestro Rodrigo Peñalba.

LA REVOLUCIÓN Y LAS BRIGADAS CULTURALES

¿Qué significó para usted la revolución?

Un gran cambio que todavía lo siento. Algo grande y maravilloso que cambió la vida de las personas y la mía especialmente.

¿Se integró a las brigadas culturales? ¿Cómo fue esa experiencia?

Muy bella. De mucha convivencia y solidaridad.

¿Qué hacían en estas brigadas?

No hacíamos nada, ahí andábamos, en la Costa, jodiendo, cantando, bailando con los soldados.

En los años ochenta se le otorgó la orden cultural Rubén Darío. ¿Qué significó para usted?

Un gran honor. Fue de gran solemnidad de gran esplendor.

¿Se considera un pintor revolucionario?

Las cosas que pinté e hice en la cultura fueron muy gratas, fue una experiencia inolvidable de emociones, de mucha vida.

LA PINTURA Y LA RELIGIÓN

Es persistente en abordar el tema religioso. ¿Por qué?

Bueno, el tema es grandioso. Lo que hay en las religiones, lo que se dice.

¿Lo aborda por ser uno de los grandes mitos?

Sí. Es uno de los mitos más bellos de la historia. Los grandes cuentos ahí están.

¿Ha llevado a la pintura el tema social: los mitos de la carreta nahua y la colonización?

Todo está ligado a lo que somos. Son grandes mitos, relatos bellísimos y mágicos.

Ha sido un gran enamorado de la vida. ¿Cuál ha sido su gran amor?

La vida.

¿Sólo la vida? ¿La pintura?

Sí. La pintura es mi gran pasión.

¿Por qué nunca se casó?

No quise. No me interesó.

SU PINTURA EN EL TIEMPO

¿Cómo ve su pintura con el paso del tiempo?

Es difícil reunir mi obra que ha quedado tan dispersa. Muchos de mis cuadros ahora no sé dónde están.

¿Es un sueño reunirla?

Claro que sí. Eso depende de las circunstancias. Ojalá sea posible.

¿Quiénes son sus grandes amigos pintores?

Fernando Saravia, Rodrigo Peñalba, mis maestros. Y muchos que no me acuerdo.

LOS RECUERDOS DE PRAXIS

¿Cómo era praxis? ¿Qué recuerdos tiene de este grupo de pintores?

Bueno, fue el mejor grupo de Nicaragua, dinámico. Estaba Alejandro Aróstegui, Tata Vanegas, Genero Lugo, César Izquierdo, Luis Urbina, Arnoldo Guillén, Orlando Sobalvarro.

¿Cómo fue su relación con ellos?

Nosotros fuimos muy fraternos. No había pleitos ni pendejeras, no andábamos con esas chochadas nosotros.

¿Qué hacían como grupo?

Exposiciones de arte y discutíamos sobre lo cultural.

¿Qué recuerdos tiene de sus viajes como artista?

Uhhhhhh, lo que más hice fue viajar en tiempos de la Chayo Murillo. A dónde ella no me envió, a Mozambique, el primero de mis viajes, fui a Bulgaria que era muy bello estuve un mes, luego a Alemania, España y Canadá. Muchos países.

¿Cómo ha sido su relación con los pintores jóvenes?

Ahora no me relaciono porque como vivo tan distante del centro donde está la pintura que es en Managua. Fui fraterno con los jóvenes. Porque ahora vivo en Matagalpa. Ya sin la intensidad de Managua.

SUS CUADROS RECIENTES

¿Qué representa su más reciente cuadro sobre Matagalpa?

Es la leyenda de la serpiente, el trabajo de ella que es destruir. La serpiente destruye a Matagalpa, ya lo ha hecho no sé en qué ocasiones, ahora la tiene amenazada y la virgen del Rosario la tiene encadenada pero la serpiente le ha roto varias cadenas. El día que la última cadena se reviente, se acaba Matagalpa, se inunda y no sé qué le va a suceder. Es la leyenda de la serpiente que está en el cerro.

¿Otro de sus reciente cuadros aun sin terminar alude al tema de los ángeles?

Es San Miguel, uno de los ángeles más impactantes que derribó al arcángel luz bella que se sentó en el trono del señor y se hizo gato bravo; en ese momento apareció San Miguel y lo derrotó. La historia es bella.

PINTURAS QUE CUENTAN HISTORIAS

¿En sus pinturas siempre está contando historias?

Ah, porque es algo que yo siento. Mis pinturas no pueden estar en el vacío, siempre tienen que decir algo, contar algo. Una historia, una anécdota que tenga que ver con la vida. Y mis temas son históricos y que tengan fundamentos.

¿Por qué usa plumas en la cabeza?

Para parecer indio. La pluma me da esa identidad con la pluma que es con la que escribo y con la que dibujo.

¿Se considera indio?

Me extraña, hasta la última medula. Siempre soy un indio. Soy un indio medular. No considero ser otra cosa sino indio español no.

¿Qué también está presente en su pintura?

He ido formando una pintura con temas sobre los indios, lo precolombino, con temas de historia. Los mitos nicaragüenses precolombinos y coloniales.

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